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Casualidad-I

La inesperada tormenta le empujó a refugiarse en el primer bar que encontró a su paso. Entró deprisa, cegado por el agua y el viento; sólo después de sacudir las pestañas, secarse los ojos y desprenderse de  la gabardina empapada pudo apreciar el aire vintage y acogedor de aquel café.

Miró el reloj- siete de la tarde, no tenía prisa -pidió una cerveza, tomó un manoseado periódico y se acodó en barra a esperar tranquilamente  que amainara el diluvio.

Alzó la vista  un momento y el viejo espejo le devolvió la imagen de un hombre de unos cuarenta años tremendamente atractivo.

Al fondo del pequeño salón se sentaba una mujer que escribía absorta en su cuaderno. El humo de su cigarrillo velaba ligeramente sus bellas facciones. Sobre la mesa le esperaba un café todavía humeante.

Le vio entrar con el mismo ímpetu que el vendaval desatado en la calle y contempló fascinada la elegancia de sus movimientos, la manera de colgar la gabardina, los pantalones mojados… ¡Por Dios cómo le sentaban aquellos vaqueros! ¡El último culo que vi así fue en un anuncio de coca-cola! Sonrió mientras desenterraba el hacha de guerra…

No fue vanidad lo que hizo a Ignacio mirar su reflejo sino los profundos, enormes y oscuros ojos que centelleaban entre las estrías del espejo…

El tiempo se detuvo, el vértigo le invadió, el mundo giró cuando descubrió a la dueña de tan perturbadora mirada. Y volvió a girar cuando ella, con paso firme y seguro, se dirigió hacia la barra sin dejar de mirarlo, sin dejar de sonreír, sin dejar de insinuar cada una de las curvas encerradas bajo su vestido. Y se precipitó sin remedio con el movimiento de sus labios, el hechizo de su voz: – Te vi entrar…

Había en ella algo inexplicable y deliciosamente peligroso.

Reina. 3 de marzo de 2010

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