
Paraban en un banco, detrás del Palacio de Cristal. Ella sacaba un paquete de tabaco aplastado que llevaba escondido en el bolsillo de sus vaqueros y él abría la bolsa de patatas que habían comprado en la tienda de enfrente.
_ ¿Quieres?
_ ¿Patatas?
_ No, un cigarrillo.
_ A medias, ¿vale?
Él era un poeta y un soñador; cantaba y lo hacía muy bien.
_ ¿Crees que le gustará?
_ Seguro – reía ella- ¡qué suerte tiene Sandra con un tío como tú!
_ Tú tendrías la misma si no te hubieras enamorado de ese cabrón.
_ No es un cabrón y no estoy enamorada: sólo es un chico malo y sólo me gusta.
Porque a ella, con 17 años, le gustaban los chicos malos, muy malos y guapos, muy guapos. Y a él le gustaba Sandra, la niña más pija del mundo, que iba al colegio de al lado, a él que era un bohemio y quería cantar y escribir versos, no quería ir a la universidad, no atendía en clase y le echaban todos los días. A ella le encantaba escapar con él porque ella sólo quería ser libre y no hacía ni caso, y sí quería ir a la universidad, pero también la echaban todos los días. Porque ella, la más guapa del colegio, la más inteligente y la más divertida, tampoco estaba dispuesta a pasar por el aro.
Él se sentaba en el césped, aún húmedo, y ella apoyaba la cabeza en sus piernas mientras él recitaba para Sandra y ella soñaba con unos ojos oscuros y enormes.
Eran amigos, simplemente amigos; no se gustaban, no podían gustarse porque eran amigos y era lo único que podían ser.
