Era Robert Walser un inmenso escritor, muy poco mencionado, que pasó su vida deambulando por el mundo. El real y el suyo propio, construido a base de mañanas luminosas, amables praderas, bosques alfombrados, e intensos pero sosegados paseos sin rumbo. Paseaba como respiraba, con la misma placidez, profundidad, precisión e inconsciencia. «Pasear —escribía— me es imprescindible, para animarme y para mantener el contacto con el mundo vivo, sin cuyas sensaciones no podría escribir media letra más ni producir el más leve poema en verso o prosa».
‘Él se quitó suavemente el sombrero y se fue / así se dice del hombre que es caminante’
Robert Walser (Biel, 1878 – Herisau, 1956) apenas supo del éxito. Indisciplinado, propenso a la desaparición y la invisibilidad, amante de la belleza y la libertad —nunca supo adaptarse a horarios, restricciones, imposiciones de ninguna clase—, logró convertir el paseo en un acto sublime. Cualquier suceso o encuentro, por anodino que fuese, le servía como punto de partida. ¿Hacia dónde? Hacia ningún lugar. El rumbo para Walser no tenía mucho sentido.
Walser veía (y vivía) la vida como un feliz paseo. De hecho él se reconocía como un paseante errático, adicto al vagabundeo. Soy amigo declarado de vagabundear y recorrer leguas y leguas durante días enteros, escribía también. Pero es el paseo reposado el que Walser amaba porque lo otro, eso de ir corriendo como loco sin apenas reparar en lo que nos rodea era para él, además de un disparate, un acto incompresible. Porque no comprendo ni comprenderé nunca que pueda ser un placer pasar así corriendo ante todas las creaciones y objetos que muestra nuestra hermosa Tierra, como si uno se hubiera vuelto loco y tuviera que correr para no desesperarse miserablemente.
Dicen que nunca corregía lo escrito, que escribía con la misma naturalidad que caminaba: sin ningún fin, sin ambiciones, sin intención. Vagaba y divagaba al abrigo de lo arbitrario, de lo ínfimo, de la fugacidad, del acontecer inconcreto. No era, pese a su tendencia a la dispersión, su afición por el alcohol y su reclusión en el sanatorio de Herisau —donde falleció el día de Navidad de 1956 entre hayas y nieve, en mitad de uno de esos paseos suyos—, un poeta maldito ni un escritor sombrío. Al contrario. De su prosa delicada, desnuda, sencilla, sosegada e impregnada de una puerilidad conmovedora, se desprende un profundo amor por sus semejantes, al tiempo que deja intuir su enorme desprecio (irónico y premonitorio) hacia la estupidez a la que se aboca(ba) la humanidad del futuro.
Obediente e insumiso
Porque el suizo apacible, además de encantador y errático, era un tipo paradójico. No en su conducta, casi nunca altisonante; ni en su estilo literario, siempre correcto y sereno. Sin embargo, su prosa oculta tremendas dosis de ironía e insurrección frente a un mundo donde no se ubica. Ni quiere. Su tendencia hacia la invisibilidad y el aislamiento es tal vez un reflejo sutil del sentimiento de desencanto frente a la vida. Le apasionaba no existir (es tan hermoso no ser nada, es mucho más apasionante que ser algo), temía al éxito —que experimentó durante una breve etapa en Berlín— y, al tiempo, lo echaba de menos cuando se veía abocado a realizar trabajos rutinarios para subsistir. En el fondo de su obra se acaricia un profundo rechazo al poder y a la sumisión, que manifiesta de una manera tan pacífica y elegante como su propia existencia.
Fue un vanguardista, un innovador, un visionario que elevó a la categoría de arte lo cotidiano, lo insignificante, lo inútil, el simple devenir. No hace falta ver nada extraordinario. Ya es mucho lo que se ve.
El devoto del vagabundeo jamás tuvo una casa, ni un cuarto propio. Ni un libro. Tampoco relaciones estables. Aunque idolatraba a las mujeres, para él eran seres de otro planeta. Incluida su hermana Lisa. Ni siquiera hizo suya la tristeza que emanaba de sus ojos transparentes. Un par de trajes (pulcros, no nuevos), libretas y algunas plumas y lapiceros. Ese fue el ínfimo patrimonio del adicto a la desaparición que, además, prefería trazar sus bosquejos en servilletas de papel, billetes de autobús o reversos de papeles ya usados.
Pese a su simpatía por el escapismo y el anonimato, Walser disfrutó en vida del favor de la crítica y de la admiración de grandes nombres de la literatura: Christian Morgenstern, Robert Musil, Kurt Tucholsky, Franz Kafka, Walter Benjamin, Hermann Hesse o Stefan Zweig. No obstante, su fama decayó cuando dejó de escribir en los periódicos, poco antes de sumirse en el hermetismo final.
La narrativa mínima
Entre las peculiaridades literarias walserianas, la narrativa mínima es la que más dolores de cabeza dio a los biógrafos e investigadores de sus textos. Walser llevó hasta el extremo el minimalismo propio de su concepción vital. Durante años se dedicó a escribir en retales de papel cada suceso de su trayectoria vital. Cualquier evento, cualquier idea, cualquier tropiezo o galopada servía al escritor de lo pequeño para crear ingentes cantidades de textos. Pero no lo hacía en forma de diario. El orden y la coherencia temporal no son precisamente lo que caracteriza a los llamados Microgramas. Tales textitos están hechos de minucias, de fragmentos, poemas y dramas en verso de enorme valor literario datados entre 1924 y 1932.
¿El resultado? Un conjunto de más de quinientas hojas sueltas –papelotes en sucio redactados en los márgenes y en los espacios libres, la mayoría— escritas a lápiz en caligrafía Sütterlin y minúscula. Tan pequeñísima (entre 1, 2 y 3 milímetros) que a los estudiosos Bernhard Echte y Werner Morlang les llevó dos décadas descifrar. Para hacer una idea del tamaño, Morlang explica que de tan sólo 34 páginas de microgramas se extrajeron dos libros: El bandido y la serie de escenas y textos breves, Félix.
La editorial Siruela, bajo el título Escrito a lápiz, publicó en tres volúmenes todos los microgramas en prosa, traducidos por Juan de Sola Llovet.
Herisau, el silencio
El flaneur empedernido pasó los últimos 23 años de su vida en la clínica psiquiátrica de Herisau. No escribió en ese tiempo ni una sola línea. Yo he venido aquí a estar loco, no a escribir. Aunque se creyó durante un tiempo que sus célebres Microgramas databan de este período, las investigaciones concluyen que son anteriores al internamiento.
En Herisau se dedicó exclusivamente a deambular y a reivindicar su derecho a no ser escritor. Vagabundear implicaba no ser, no estar, desvanecerse, desintegrarse en la naturaleza que tanto le complacía. También ayudaba en la limpieza, en la cocina, en la clasificación de la basura… Muy walseriano todo. Los flaneos sucedían a veces en solitario, muchas otras en compañía del que quizá fue su único amigo, Carl Seelig.
A raíz de esas caminatas junto al escritor escapista, Seelig escribió Paseos con Robert Walser (1957). En la obra se describen con minuciosidad las largas excursiones y las charlas compartidas a través del este de Suiza, entre el lago de Constanza y Säntis, Appenzellerland y Toggenburg. El punto de partida y de llegada es el sanatorio de Herisau. En los cuarenta y cuatro paseos documentados en el libro se analiza toda la vida literaria de Robert Walser, sus autores favoritos (Heinrich von Kleist, Johann Wolfgang von Goethe y Gottfried Keller) y se desgranan todas sus desposesiones.
Como Simon Tanner. Como una premonición
Con idéntica languidez que Walser, vivió su alter ego literario Simon Tanner. El mayor de los hermanos de la novela del escritor helvético. Y con idéntica soledad le encontró la muerte. El 25 de diciembre de 1956, el invisible se fundió con la nieve. Entre abetos lo hallaron unos niños, mientras Carl Seeling lo esperaba en un café.
Exactamente como Simon Tanner: “¡Con qué nobleza ha elegido su tumba! Yace en medio de espléndidos abetos cubiertos de nieve. La naturaleza se inclina a contemplar a su muerto, las estrellas cantan dulcemente en torno a su cabeza y las aves nocturnas graznan: es la mejor música para alguien que ya no tiene oído ni sensaciones. Yacer y congelarse bajo unas ramas de abeto, sobre la nieve: ¡qué espléndido reposo! Es lo mejor que pudiste hacer. La gente está siempre dispuesta a hacerles daño a las aves raras como tú, y a burlarse de sus sufrimientos”.
Como una premonición.
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