María Blanchard (Santander, 1881 – París, 1932) nació en el seno de una familia culta perteneciente a la nueva burguesía cántabra. Durante su infancia, disfrutó de los beneficios de su ambiente familiar y del apoyo de su padre, que alentó su interés por el arte. Comenzó su formación en 1903 con pintores como Emilio Sala, Fernando Álvarez de Sotomayor y Manuel Benedito. En estos primeros años ya mostraba aptitudes destacadas respecto al uso del color y la captación psicológica en los retratos.
En 1909, obtuvo una beca para estudiar en París con artistas como Anglada Camarasa y Kees van Dongen como maestros. Con ellos experimentó la libertad cromática y la expresión personal, alejándose del academicismo español. En la Academia Vitti también conoció a Angelina Beloff, joven artista rusa. Con ella viajó a Londres y Bélgica, donde coincidió con Diego Rivera.
Respetada y querida, logró integrarse sin dificultad en el efervescente ambiente del Montparnasse de principios de siglo y hacerse un hueco entre los artistas del momento por su compromiso con los lenguajes de la modernidad y el desarrollo del cubismo, en el que militó con personalidad propia. En los círculos de la vanguardia parisina, la artista cántabra alcanza el reconocimiento que no obtuvo en España a causa de los cánones encorsertados y la escasa apertura a las nuevas tendencias. Pero eso sucederá más adelante, cuando Blanchard se instala de manera definitiva en la capital francesa.
Uno de sus cuadros más representativos de esta etapa inicial, Mujer con vestido rojo, muestra esa desvinculación con el naturalismo decimonónico y la adopción de elementos propios de las primeras vanguardias.
La I Guerra Mundial
A principios de 1914, María Blanchard había agotado las prórrogas de sus becas, pero era una más en el grupo de los principales ideólogos de la vanguardia cubista. El inicio de la guerra la obliga a regresar a Madrid, donde comparte estudio con Diego Rivera y Juan Gris.
Poco después, Ramón Gómez de la Serna organizó la exposición Pintores Íntegros. La muestra causó tremendo escándalo entre la crítica capitalina. Tanto Rivera como Blanchard fueron blanco de burlas y desprecios. No se entendían sus obras ni los nuevos conceptos pictóricos derivados del cubismo, llegando incluso a retirar de la exposición uno de los cuadros de Rivera. “Diego pinta mi retrato cubista y se expone en el escaparate de la misma sala de exposiciones, pero al segundo día se recibe una comunicación de la policía mandando que se retire el cuadro por cómo está provocando un escándalo público constante”, narra Gómez de la Serna.
Tras el fiasco, Blanchard desiste. Desea abandonar Madrid y recuperar la antigua vida bohemia y un tanto destartalada (económicamente) de la que disfrutó en París. No está dispuesta a someterse a las normas artísticas imperantes ni a renunciar a un estilo propio ya bastante definido ni, mucho menos, a perder su libertad profesional e individual.
La segunda vida del cubismo
En 1916, su firme convicción artística la lleva a instalarse definitivamente en París, donde encuentra cauce libre para desarrollar un trabajo en el ámbito de la llamada “segunda vida del cubismo”, entre 1915 y 1920. Aunque el regreso le devuelve una ciudad desconocida, afectada por la guerra y la miseria, se centra cada vez más en su propia creación artística.
Cercana a la estela de Juan Gris (no seguidora del mismo como muchos han querido apuntar), el cubismo de Blanchard se caracteriza por la contención, las figuras planas y las formas austeras. Nunca llegó a la total descomposición de la forma, característica del cubismo analítico. También el dominio del color distingue su obra cubista de la de sus coetáneos. Leonce Rosenberg, su marchante —quien compró toda su producción cubista—, definía asía su personalísimo estilo: “tiene un brillo, una composición, una tonalidad más humana y menos científica”. De esta época cubista destacan cuadros como Mujer con abanico o Mujer con guitarra, ambas representativas de su personal disección de los objetos, en la que no desparece del todo la sombra de la figuración.
1919: el retorno al orden
El periodo cubista de Blanchard culminaría con una exhibición individual en L´Effort Moderne (1919). Poco después, su obra se exhibió en la Exposición de Arte Francés de Vanguardia en las Galerías Dalmau de Barcelona, e inició su segunda etapa figurativa, cuya plenitud alcanzaría entre 1921 y 1927. No tuvo lazos con el surrealismo y tampoco con el art decó: reinventó su obra en un entorno cultural nuevo, distanciándose de Gris y Lipchitz. También de Diego Rivera, que regresó a México justo en 1921. La estética artística en este nuevo contexto surgido tras la Primera guerra Mundial bebía de las fuentes del retorno a la tradición y al clasicismo museístico. Blanchard se integra entonces en el círculo de Lhote y Jacques Rivière, abrazando los postulados de la figuración al tiempo que exploraba un singular enfoque pictórico sin renunciar a las geometrías.
A partir de este momento, la estética de Blanchard se define sin fisuras, adquiriendo esa personalidad característica, muy vinculada a su propio pasado. De hecho, rescató una de sus obras tempranas para presentarla en el Salón de Otoño de París en 1921. La comulgante, pintada en 1914, representa una niña celebrando su Primera Comunión. La obra causó sensación por la maestría en el uso del blanco, los contrastes cromáticos y la neutralidad expresiva del rostro de la pequeña, que no transmite ninguna emoción. El crítico de arte Maurice Raynal escribiría a Lhote: “La exposición de La Communiante constituye un éxito casi escandaloso. No hay crítico de arte que no celebre en términos entusiastas esta revelación”.
Durante esta fase postcubista, Blanchard subraya su profunda preocupación por la condición humana sus figuras recuperan rasgos muy peculiares y sus composiciones representan a menudo la infancia y las escenas domésticas. El repertorio de maternidades, paisajes interiores melancólicos, niños o mujeres trabajadoras, refleja el poder evocador de las emociones. Aspectos que enfatiza con un impecable dominio técnico y evidente interés por la historia y la tradición de la pintura europea. Personajes estáticos, brillantes, como iluminados desde el interior, forman parte del exclusivo imaginario de la artista y su memoria visual. Expuso en el Salón de los Independientes de París (1922) dos obras —La femme au chaudron y La femme au panier—, obteniendo de nuevo el favor de la crítica.
‘Bruja y hada, fuiste ejemplo respetable del llanto y claridad espiritual’
En sus últimos años, la artista encuentra consuelo y alivio en la religión. La muerte de su amigo Juan Gris en 1927 sume a la pintora en una profunda tristeza. También su salud se deteriora y pierde el contacto con sus compañeros de profesión. La melancolía se apodera de su imaginario artístico y el retorno a la espiritualidad cristiana le proporciona cierta estabilidad emocional. En 1930 participa en una exposición colectiva en Brasil, organizada por la revista Montparnasse. Pero ya su vida se limita a la pintura y al contacto con unos pocos amigos como Isabelle Rivière y el doctor Girardin. Muere en París en 1932. Tenía 51 años.
El mismo año de su muerte, Clara Campoamor organiza un homenaje póstumo en el Ateneo de Madrid. Participaron Ramón Gómez de la Serna, Concha Espina y Federico García Lorca, que leyó su Elegía María Blanchard. “Bruja y hada, fuiste ejemplo respetable del llanto y claridad espiritual”.
Museo Picasso Málaga
El pasado 30 de abril, el Museo Picasso Málaga inauguró la exposición María Blanchard. Pintora a pesar del cubismo. La retrospectiva propone un recorrido cronológico por las diferentes etapas de la vida artística de la pintora santanderina. Muestra la riqueza simbólica, el compromiso social, la complejidad formal y el carácter innovador de su trabajo. Un trabajo infravalorado en un contexto cultural que no consideraba tan relevantes las aportaciones artísticas femeninas. Fue la primera mujer en España en adoptar el estilo cubista y en experimentar en sus composiciones con la fragmentación y las múltiples perspectivas, por lo que su contribución al movimiento moderno se considera particularmente notable. Ello, unido al dominio técnico que demostró y al respeto que se ganó entre sus contemporáneos, ha convertido a Blanchard en una figura de referencia.
José Lebrero, comisario de la exposición, explica la estructura de la misma en tres capítulos bien diferenciados. «El primero presta atención a sus años de formación en Madrid antes de su partida a París, un periodo marcado por las escenas familiares y costumbristas donde son visibles las influencias de Manet, Picasso y Fortuny. El segundo atiende a la explosión cubista que protagonizó Blanchard desde 1914. Una revelación por la que corresponde reconocer a la pintora como la más grande artista mujer del cubismo. El tercero se detiene en el periodo poscubista que, a partir de 1920, cultivó Blanchard con intuición figurativa. Aprovechó todas las habilidades incorporadas durante su etapa cubista para la representación de personajes arquetípicos, pero nunca reconocibles».
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