Son las tres de la tarde cuando alcanza la cima. Parado al borde del risco, sin conciencia ni consciencia del camino recorrido, Fiedrich se rinde ante la blancura líquida que le rodea. El balanceo de la niebla bajo sus botas le acerca peligrosamente hacia el infinito. No es el mar de nubes ni la sensación de ingravidez lo que le atrae, sino la música de fondo, algo que estaba allí desde hacía tiempo, como un animal dormido, y que ahora comienza a desperezarse.
Fiedrich trata de desoír el eco incesante de voces antiguas que se filtra entre la neblina. Apoya su bastón contra la única roca visible, a pocos metros del abismo, y se concentra en la luz lechosa, en el pico de la montaña que corona el paisaje lejano similar al que dejó atrás, en el valle verde, ahora oculto bajo el manto de nubes. Se recuesta sobre el peñasco cubierto de una capa de musgo pardusco y ralo por la que resbalan piedrecillas y hierbajos diminutos incapaces de aferrarse a la tierra. Cuelgan, como él, del hilo de la incertidumbre; de la inercia del viento que agita su cabello color paja con idéntica intensidad que sus pensamientos enredados en el tiempo que ya fue y él desea dejar atrás, como el valle verde y los caminos conocidos; como la apatía de los largos días en los que nada acontece.
Pero el coro invisible, tenaz, le susurra sin tregua la misma melodía. Fiedrich se resiste a sabiendas de que en esa música de fondo se encuentran todas las respuestas que vino a buscar. Que en su huida cuesta arriba, la meta era enfrentar a ese animal ancestral ya desperezado, mirarle a la cara y bucear bajo el torrente de las voces del pasado. Con cada palpitar de la niebla, su resistencia cede; con cada nota, su alma se expande; el espíritu de Greifswald recupera la apariencia y la solidez de un inmenso lobo azulado. La sombra aparente del viejo animal dormido ya no es tal, sino su nuevo compañero del viaje hacia la plenitud y la autodeterminación.
Fiedrich cierra los ojos un instante. Mecido por la música de fondo, resbala por la roca. El pelo del animal le abriga como un manto. Se acurruca sobre su lomo y aúlla al son del coro. En ese preciso momento, justo antes de abrirlos de nuevo, la niebla se esfuma.
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Madeleine contempla el cuadro colgado en la sala principal de la Kunsthalle de Hamburgo. Lo hace siempre que visita el museo. Revivir sin cesar el efecto hipnótico de la primera vez que lo vio le produce un placer casi obsceno.
Al borde del barranco, un joven de otra época le da la espalda al mundo. Parece ensimismado ante la inmensidad de un paisaje brumoso cuya luz traspasa los límites de la pintura. Hoy la sala está vacía y Madeleine se deja arrullar por las notas de una melodía que nunca antes había percibido. El mundo tedioso y frívolo de allá fuera se desvanece y ella siente el balanceo de la niebla bajo sus deportivas recién estrenadas. La música de fondo se intensifica, irrumpe sin permiso en su Spotify. El olor verde del valle trepa por sus pantorrillas, le araña los muslos desnudos y se detiene justo frente a su rostro. Si el muchacho de otra época no estuviera mirándole a los ojos habría intentado escabullirse. Si su pelo pajizo y enmarañado no le estuviese rozando un hombro habría tratado de arrancarse los auriculares y triturar las voces antiguas que salían a través de ellos como si siempre hubieran estado allí.
Pero el joven insufla en la sala el manto lechoso que le rodea. El espacio, ahora cubierto de nubes, se torna ingrávido y el suelo, fundido en la neblina, engañoso. Madeleine se recuesta sobre el único banco visible, a pocos metros del abismo, y se concentra en la mirada azul que la escudriña, en la mano que alborota sus rizos oscuros, en el torrente de voces del pasado. Ya no se resiste. Sabe que en esa música de fondo se encuentran todas las respuestas y que el joven de otra época es su nuevo compañero de viaje hacia la plenitud y la autodeterminación.
Madeleine cierra los ojos un instante. Mecida por la música de Bruno Mars, resbala por el banco. I’ve been locked out of heaven canturrea. En ese preciso momento, justo antes de abrirlos de nuevo, la niebla se esfuma.
Un bastón antiguo apoyado en la pared es el único indicio de que allí hubiese sucedido otra cosa.
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El caminante en el mar de niebla.
Caspar David Friedrich – The photographic reproduction was done by Cybershot800i. Dominio público.
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