«Nunca me consideré un escritor preocupado por la religión, hasta que una religión empezó a perseguirme», afirmaba Salman Rushdie en su artículo El problema de la religión, publicado en El País. Era mayo de 2005. Eso fue mucho después de que el ayatolá Jomeini emitiese en 1989 una fatwa exigiendo su ejecución por blasfemia contra el islam y apostasía. ¿La causa? Los versos satánicos —su cuarta novela—. El libro se prohibió en numerosos países musulmanes y generó una ola de violencia global.
Pero esta vez no es el escritor indio (Bombay, 1947) el protagonista del texto. Él es un ejemplo más —muy significativo— de los muchísimos ciudadanos exiliados y perseguidos por un régimen teocrático intolerante y represor que nació, supuestamente, para devolver al pueblo persa su identidad y su libertad.
La historia de Persia es tan antigua y tan rica y su legado cultural tan inmenso, que intentar remontarme a su origen —la base de la identidad iraní proviene del Zoroastrismo y de la dinastía de los aqueménidas (c. 550-330 a.C.)— sería una aventura inabarcable para mí (ya me gustaría tener tantos conocimientos). Y tampoco es el objeto de mi reflexión. Sí es importante aludir al pasado porque, aunque muchas veces se confunden a causa de la religión que comparten, los persas no son árabes. Ni siquiera la lengua se asemeja. De ahí la fuerte rivalidad geopolítica entre los países árabes (Arabia Saudita, Yemen, Catar, Kuwait…) e Irán. Pero tampoco hemos venido a hablar de eso.
La tensión entre el legado persa-zoroástrico y el sistema teocrático establecido en 1979 influye, y mucho, en la situación revolucionaria actual. El escritor Kader Abdolah —escritor iraní refugiado en Holanda desde 1988— así lo señala. “El régimen de los ayatolas establece una severa censura tanto en los libros nuevos como antiguos. En realidad, quieren recortar parte de nuestro pensamiento, moldear nuestras mentes y amputar parte del alma persa. El peligro es que quieren conservar sólo la parte islámica de la cultura. Por ello, enferman al país y promueven la corrupción”.
Empezar por el final: el “invierno cultural”
Irán se encuentra hoy (2026) en una encrucijada histórica en la que la escasez y la absoluta ruina física, económica y social del país simbolizan el fracaso de cuatro décadas de dictadura clerical inclemente.
La revuelta actual comenzó en Teherán en la primavera de 2025. La economía en ruinas, la inflación descontrolada, la escasez de agua, la crisis eléctrica, la depreciación de la moneda y la corrupción fueron los detonantes. La ola de protestas rápidamente se extendió por todo el país y se convirtió en un desafío directo contra la represión y los cimientos del régimen.
La respuesta de los ayatolás fue implacable. Pero la violencia del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), las detenciones arbitrarias y las torturas no han hecho sino incrementar una agitación que estalló definitivamente el pasado 28 de diciembre.
Todo esto ya lo sabemos. Pese a la escasa información proporcionada por los medios occidentales y los intentos (vanos) de obviar unas protestas cada vez más sangrientas, la voz del pueblo iraní se ha escuchado más allá de sus fronteras. Tampoco las atrocidades cometidas por el régimen islámico durante estas últimas semanas han logrado silenciar lo que es ya un clamor por la libertad.
El fundamento del sistema: la teocracia islámica de Irán
Lo que nació en 1979 como una promesa de emancipación, ha cristalizado en un sistema donde la soberanía divina se traduce en represión, totalitarismo y el robo de los recursos vitales —agua, energía— por parte de una élite militarizada. En su origen, la revolución fue un movimiento heterogéneo y generalizado de rechazo a la monarquía. Intelectuales, estudiantes, comunistas, liberales, trabajadores, religiosos y sectores laicos rechazaban la occidentalización impuesta por el sah. Consideraban que había vaciado de legitimidad al Estado y desposeído al pueblo de su cultura e identidad.
Sin embargo, una vez consolidado, el nuevo poder redujo la pluralidad revolucionaria a una sola voz —la del líder supremo—, convirtió la disidencia en traición e instrumentalizó el islam para justificar su autoridad y ejercer el control ideológico sobre la población, en lugar de permitir la autonomía religiosa o política. Desde entonces, Irán vive en una paradoja permanente: un régimen que se legitima en una insurrección pasada mientras reprime cualquier insurrección presente.
De la wilāyat al-faqīh a la esvelāyat-e motlaqe-ye faqih
El eje del régimen del 79 procede de la llamada wilāyat al-faqīh (tutela del jurisperito islámico). Según esta doctrina cuyas raíces se hunden en el siglo IX, en ausencia del duodécimo Imam la protección de la comunidad corresponde exclusivamente a un guía espiritual que conoce la voluntad divina. Para garantizar la supervivencia de este orden, Jomeiní introdujo un concepto jurídico perturbador: la maslahat o «razón de Estado».
La idea del gran ayatolá Ruhollah Jomeiní consistió en ampliar las atribuciones del jurisperito islámico hasta el extremo de la tutela absoluta (esvelāyat-e motlaqe-ye faqih). Él, que había prometido justicia y libertad con el fin de canalizar el descontento contra el sah bajo el paraguas de un nuevo guía moral, fue lo bastante ladino como para ocultar sus verdaderas intenciones. Jomeiní desmanteló rápidamente las redes de sus antiguos aliados laicos e izquierdistas y estableció una teocracia basada en su visión.
Para ello no dudó en recurrir a todas las herramientas de presión que tenía a su alcance.
La primera, llevar al país a la ruina económica para sostener la estructura del régimen. El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) fue la pieza clave. Actualmente, el CGRI y los conglomerados del líder Alí Hoseiní Jamenei controlan más de la mitad del PIB de Irán, desviando los recursos de la nación hacia la minería de criptomonedas y las guerras regionales.
La segunda, priorizar la ideología fundamentalista islámica sobre el bienestar de la población. Mientras los iraníes sufren una inflación superior al 50% y una devaluación de la moneda del 80%, el régimen desvía recursos masivos hacia el terrorismo de Hezbolá, el sostenimiento de otros regímenes teocráticos, ambiciones nucleares y una represión interna brutal.
«Mujer, Vida, Libertad»: la revuelta de las mujeres en Irán
Si la economía es el arma de la actual podredumbre estatal, el hiyab obligatorio es el campo de batalla donde la teocracia islámica se juega su existencia. «Mujer, Vida, Libertad» (Zan, Zendegi, Azadi) es un grito de guerra traducido al persa a partir del cántico revolucionario kurdo, Jin, Jiyan, Azadî. Se ha convertido en el emblema del levantamiento nacional desencadenado tras el asesinato de Mahsa Amini en septiembre de 2022.
El control del cuerpo femenino no fue un detalle secundario a la hora de domesticar a los iraníes, sino una institución política fundamental. La caída de la «Revolución Blanca» del sah —que había permitido el voto femenino, vestir sin velo y erradicar el matrimonio infantil— dio paso a un mandato donde la mujer que no se cubría era acusada de ir «desnuda» y de representar la decadencia occidental. El velo funcionó como un catalizador de identidad contra la influencia occidental y la supuesta herejía del régimen de Muhammad Reza Pahlavi. Se promovió como un símbolo de liberación frente al imperialismo culturall y finalmente se impuso para regular la sexualidad y proyectar la autoridad del Estado en la esfera más íntima.
Ese retorno a las costumbres feudales encendió rápidamente la llama de la rebelión femenina. Ya en el mismo año 79, miles de mujeres tomaron la calle para protestar contra las primeras medidas segregacionistas, la desigualdad legal y el uso obligatorio del hiyab, denunciando que la obediencia no podía ser su único destino. La movilización no cayó en saco roto. Para sofocar las revueltas, el nuevo régimen pospuso la imposición durante un par de años. En 1981, ya no hubo marcha atrás.
Y fue en medio de este ambiente hostil cuando Oriana Fallaci consiguió entrevistar a Jomeini. Aunque aquello fue más un duelo que un encuentro periodístico. No sólo desafió su autoridad. Lo tildó de tirano —se lo dijo a la cara—, le increpó sobre el chador y sobre lo que representa (“la segregación a la que se vio sometida la mujer tras la revolución”). Lo acorraló, lo sacó de quicio. “La vestimenta islámica es para mujeres jóvenes y respetables”, le respondió descompuesto. “Muy amable. Y ya que lo dice, me quitaré inmediatamente este estúpido trapo medieval. Listo”. Y así se despojó de la dichosa prenda ante el líder supremo. Se lio parda, claro.
Y ¿por qué cuento esto si tampoco he venido a hablar de la entrevistadora más temida por los “poderosos de la Tierra”? Pues porque ese desafío contra el fanatismo islámico no tardó en calificarse de “islamofobia” también en Occidente. Y así llegamos a la paradoja actual. Mientras las autoridades del gobierno iraní torturan y asesinan a las mujeres (de ellas sí voy a hablar) que queman sus velos y se enfrentan a la discriminación y la violación sistemática de sus derechos y libertades, en Occidente —incluidas feministas— chapoteamos en el lodo del “buenismo”, en el barro de la corrección política y el relato de la supuesta integración. Y así es como se justifica una doctrina que desprecia a las mujeres. Y así es como nos convertimos en cómplices del retroceso y de la barbarie.
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No se acaba aquí. La semana que viene seguiré hablando de #Irán.

