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Maruja Mallo, la artista más libre del 27 regresa al Reina Sofía con la mayor retrospectiva de su historia

Maruja Mallo, la artista más libre del 27 regresa al Reina Sofía con la mayor retrospectiva de su historia

Maruja Mallo, la artista más libre del 27 regresa al Reina Sofía con la mayor retrospectiva de su historia

La obra pictórica de Maruja Mallo (Ana María Gómez González, Viveiro, 1902 – Madrid, 1995) ocupa un lugar singular dentro del arte español del siglo XX, tanto por su calidad plástica como por su capacidad para articular una mirada moderna, crítica y profundamente personal. Vinculada a la Generación del 27 y al entorno de las vanguardias europeas, Mallo desarrolló un lenguaje visual que combina rigor formal, simbolismo y una reflexión constante sobre la sociedad, la naturaleza y el papel de la mujer.

No fue solo una firma más en el grupo del 27, creó su iconografía. Fue la mirada que faltaba, la encargada de mostrar la visión personal de la modernidad femenina, la independencia y el pensamiento libre. Su obra no solo dialoga con las inquietudes de la época. Se adelanta a muchas discusiones actuales, entendiendo el mundo como un ecosistema conectado y el arte como una herramienta para desvelar lo oculto. Ella creía que el arte debía mostrar el camino hacia el futuro.

Maruja Mallo fue una artista visionaria cuya pintura eludió las normas y las fronteras, las clases sociales, las razas y el género. Su producción, diversa y difícil de encasillar, entremezcla lo popular y la vanguardia, la estética y la política. Lejos de caer en la nostalgia rural, entendía lo popular como un terreno fértil, urbano y mestizo.

La exaltación del color

En sus inicios, durante la década de 1920, la obra de Mallo destaca por una composición intensa en la que el color es el protagonista. Emplea tonos primarios —rojos, verdes, azules—, chillones y vibrantes que evocan la cultura popular madrileña. La disposición de los elementos en obras como La Verbena (1927) desafía la perspectiva tradicional. Es un caos organizado donde múltiples escenas ocurren al tiempo, creando una sensación de dinamismo y ruido visual. Captura la alegría, pero también la artificialidad de la fiesta popular.

Esta primera etapa da paso, a comienzos de los años treinta, a una fase de sombra. Los colores vibrantes desaparecen y son sustituidos por grises mortecinos, ocres apagados, marrones terrosos. La pintura se vuelve caótica y desequilibrada, poblada de esqueletos, espantapájaros y trompas de fósiles que anticipan la tragedia colectiva que se avecina. Antro de fósiles (1930) pertenece a este periodo sombrío, donde el humor y la fiesta han cedido el paso a una inquietud casi premonitoria. André Breton, que adquirió Espantapájaros en 1932, la consideró una de las grandes obras del surrealismo.

Posteriormente, como en la serie Naturalezas vivas o La religión del trabajo, el color adquiere una cualidad más simbólica y depurada. Su pintura se vuelve más lenta y reflexiva. Los tonos terrosos, ocres y azules profundos remiten a lo telúrico y a una visión casi cósmica de la naturaleza.

Composición: orden, ritmo y geometría

La composición en la obra de Mallo revela una disciplina formal excepcional. Incluso en escenas aparentemente caóticas —fiestas populares, multitudes, rituales colectivos— subyace una estructura rigurosa basada en la geometría y el equilibrio de masas. Esta influencia se relaciona tanto con el cubismo como con el constructivismo, aunque ella nunca se sometió a los dogmas de ninguno de estos movimientos.

El exilio en Argentina, forzado por la Guerra Civil, transformó su mirada. Fascinada por la belleza del nuevo continente, sus figuras ganaron monumentalidad. Durante ese periodo, el cuerpo humano aparece con rasgos amplificados, casi escultóricos, acompañado de máscaras y sombras que funcionan como desdoblamientos. En pinturas como Canto de las espigas (1939), la figura humana se integra en un sistema rítmico, matemático. La propia pintora consideró La sorpresa del trigo (1936) como su obra más representativa: en ella, la geometría y la vida orgánica alcanzan un equilibrio que define su madurez creativa.

Entre los elementos recurrentes destacan las figuras femeninas, los rituales colectivos, los símbolos naturales —espigas, frutos, conchas, objetos arrastrados por el mar— y una constante alusión a la energía vital. La mujer, lejos de ser un objeto pasivo, aparece como sujeto activo, poderoso y arquetípico. En este sentido, la obra de Mallo se adelanta a lecturas contemporáneas de género, sin caer en el panfleto ni en la literalidad.

La materia del cuadro: técnica y construcción visual

Más allá del impacto cromático o del magnetismo simbólico de sus imágenes, la pintura de Maruja Mallo se edifica sobre una estructura técnica rigurosa. Formada en la academia pero profundamente insumisa, la artista desarrolló un método que comenzaba casi siempre con dibujos preparatorios. Sus lienzos surgían en papel. Boceto tras boceto, la artista analizaba las proporciones, estudiaba la disposición de las figuras y el equilibrio de las masas dentro del cuadro.

Su interés por la geometría no era decorativo, sino teórico. En su biblioteca personal se conservaba el libro de Matila Ghyka Esthétique des Proportions dans la Nature et dans les Arts (1927), del que realizó en 1938 una extensa sinopsis manuscrita acompañada de sus propios dibujos. La geometría, para Mallo, era un sistema de pensamiento, no un estilo.

La suya es una técnica que habla el mismo idioma que la composición. Superficies limpias, contornos definidos, pincelada controlada que evita el exceso de materia. La pintura no busca la textura ni el gesto expresionista, sino la claridad.

En la etapa sombría de los años treinta, sin embargo, experimentó incorporando al lienzo materiales orgánicos como ceniza y cal, una ruptura puntual con su propio método que subraya hasta qué punto cada serie respondía a una búsqueda distinta. Las figuras aparecen modeladas con una precisión casi escultórica, como si cada elemento hubiese sido tallado dentro de la composición.

Esta voluntad constructiva explica por qué su obra, aun cuando se acerca al surrealismo, no responde al automatismo ni al azar propios de ese movimiento. En Mallo no hay improvisación. Cada forma responde a un sistema visual cuidadosamente organizado. El resultado es una pintura de apariencia vibrante pero de arquitectura interna extremadamente sólida.

Buena parte de esta relectura de la obra de Mallo ha sido posible gracias al Catálogo razonado de óleos presentado en 2021 por el historiador y galerista Guillermo de Osma, que fijó por primera vez el corpus completo de su pintura.

El regreso y el olvido

Veinticinco años de exilio en Argentina y América Latina dejaron una herida que no fue solo política. Cuando Mallo regresó a España a comienzos de los sesenta, la dictadura había borrado su memoria. Nadie la reconocía como integrante de la Generación del 27. Había que reaprender a verla. Fue la Movida madrileña, décadas después, la que la rescató del anonimato y la devolvió a los circuitos del arte y la cultura. Murió en Madrid en 1995 con el reconocimiento tardío que merecía desde mucho antes.

El pasado mes de septiembre, el Reina Sofía adquirió la pintura Perfil de joven (joven negra) —realizada en 1948— por un importe de 300.000 euros, la compra pública más cara de 2025. Una cifra que dice más sobre la deuda histórica pendiente que sobre el precio de un cuadro.

Maruja Mallo. Máscara y Compás

Y hablando de deudas histórico-artísticas, el Museo Reina Sofía acoge la mayor retrospectiva dedicada hasta la fecha a la artista gallega.

Bajo el título Máscara y compás, la exposición propone un recorrido por más de siete décadas de producción artística a través de sus series pictóricas, dibujos y archivos. Comisariada por Patricia Molins y organizada en colaboración con la Fundación Botín, reúne cerca de 200 piezas —pinturas, dibujos, bocetos, fotografías y material de archivo— y se articula de manera cronológica y por series, respetando el método de trabajo de la propia artista. Puede visitarse hasta el 16 de marzo de 2026 en el edificio Sabatini.

El Reina Sofía ha acertado al coproducir esta muestra con el Centro Botín, logrando reunir préstamos internacionales (del Pompidou a colecciones argentinas) que difícilmente volveremos a ver juntos.

Alfombra efímera: Cunchas e compás

Como tributo a la pintora gallega, el día de la inauguración se desplegó en la entrada principal del Edificio Sabatini la alfombra efímera Cunchas e compás. La pieza, realizada por la Asociación Cunchas e Flores de Bueu con el respaldo de la Xunta de Galicia, evoca la estancia de Maruja Mallo en Bueu durante el verano de 1936.

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Imagen: Maruja Mallo, Sorpresa del trigo, 1936, Colección particular.  © Maruja Mallo, VEGAP, Madrid, 2025

 

 

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