Aurelia cuenta cosas. Los pasos cuando camina, los escalones al subir y al bajar, las baldosas de las calles, el tañer de las campanas, los pitidos de los coches… Luego no recuerda si entre el portal de su casa y el mercado escuchó veinte tañidos o tres bocinazos. O si dio doscientas zancadas o mil quinientas. ¿Cuántos pasos caben en medio kilómetro? Del número de escalones sí se acuerda. Son siempre los mismos: ocho peldaños antes de cada rellano, dos rellanos entre piso y piso, ocho pisos hasta llegar a su puerta. Ciento veintiocho saltitos hasta que gira la llave y entra en casa convencida de que las cosas sólo encajan cuando las cuenta.
Aurelia cuenta porque se aburre. Porque no se adapta. Porque cuando cuenta deja de ser una caja vacía. Porque mientras trafica con los números y lo plaga todo de fechas soporta mejor esos días en los que nada sucede. Mira largamente por el ventanal. Bajo la lluvia, una pandilla de críos corre y grita como ciervos en berrea. Los coches se detienen ante la avalancha adolescente, mientras el cielo se desploma sobre la ciudad, uniforme, sin rastro de los rojos y violetas de los atardeceres de primavera. Mira largamente por el ventanal un marzo que parece enero y escucha el mismo sonido gris que golpea los cristales desde hace veintiocho días. ¿Cuándo terminará esto?
Y, de repente, ocurre. El tiempo deja de pesar, los números dejan de ser mercancía y las fechas vuelven a ser futuro. Las campanas repican en cascada una melodía que huele a verde y a lino blanco, a mañanas transparentes y promesas tendidas al sol. Aurelia ya no cuenta los tañidos. Mira largamente por el ventanal el charco de luz que se cuela entre las nubes. La calle ha empezado a secarse. Un gorrioncillo se sacude sobre el alfeizar y deja en el aire una ráfaga de polvo, como si de pronto la vida fuera también eso. O sólo eso. Ya no cuenta las gotas de lluvia que mueren sobre los cristales ni los días que faltan para la primavera. Sólo mira la tarde de un marzo que ya parece abril. Afuera, una niña se detiene bajo un árbol. Recoge algo del suelo y lo guarda en el bolsillo de su impermeable, como un secreto. Luego, levanta la cara hacia Aurelia.
El reloj marca las cinco y veintisiete. La tetera silba en la cocina. Abre una bolsa de galletitas saladas y un cuaderno por la primera página que encuentra sin garabatear. Quizá ha llegado el momento de hacer las paces con la página en blanco, de bajar al mercado sin contar los pasos, de cruzar la avenida sin calcular cuántas baldosas la separan de la panadería. Puede que incluso olvide comprar lo que iba a comprar. O que compre algo sin querer. O que no compre nada en absoluto. Y que siga sin adaptarse.
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Imagen:
John_Singer_Sargent.
Nonchaloir (Indiferencia), 1911, óleo sobre lienzo, 63.8 × 76.2 cm.
National Gallery of Art, Washington D.C.
