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Irán: el fracaso de un mito revolucionario-II. No queremos seguir viviendo así

Irán: el fracaso de un mito revolucionario-II. No queremos seguir viviendo así

Irán: el fracaso de un mito revolucionario-II. No queremos seguir viviendo así

 

Es 10 de febrero de 2026. Las escasas noticias de Irán llegan a través de testimonios, imágenes y vídeos que envían los iraníes burlando las restricciones de las comunicaciones impuestas por Alí Jamenei desde el 9 de enero. Aterradoras. Las fuerzas de seguridad del Estado disparan a los civiles de manera indiscriminada con rifles de asalto y armas automáticas. Los cadáveres se amontonan en las calles envueltos en bolsas negras. Los medios occidentales, en general, siguen mudos. Pocos, como The New York Times, se atreven a informar sobre la brutal represión del régimen.

La revuelta de las mujeres en Irán

Pero antes de seguir con la carnicería islamista, tenemos que hablar de ellas. De las mujeres que desafían a la teocracia de los ayatolás pese a los riesgos y la represión. Como escribía hace pocos días Jorge Gaviño Ambriz, “esa herida nunca cerró. Hoy vuelve a sangrar”. El asesinato de Mahsa Amini prendió la mecha y supuso el inicio del movimiento Mujer, Vida, Libertad.

Mahsa Amini era kurda, era joven y no militaba en ningún movimiento activista. Estaba de vacaciones en Teherán. Todo iba bien hasta que un rizo castaño se zafó del cautiverio del dichoso hiyab justo ante la policía de la moral. Dijeron que se la llevaban a una escuela a recibir una clase para reformar su conducta. Pero no. Durante su traslado al centro de detención de Vozara, la golpearon salvajemente. Horas después ingresaba en coma en el hospital Kasra. Murió allí tres días más tarde, el 16 de septiembre de 2022. ¿La versión oficial? Padecía patologías previas.

La muerte de Mahsa Amini desencadenó un tsunami imparable contra el régimen de los ayatolás, aunque antes el gobierno del ultraconservador Raisi ya encaraba protestas de diversos colectivos por la situación económica y social de Irán. Pero a partir del 22, la represión se incrementó. Miles de iraníes —no sólo ellas, muchos hombres apoyaron el levantamiento— fueron encerrados en la prisión de Evin y condenados a sanciones ejemplares y disuasorias, incluyendo la pena de muerte; las mujeres quemando sus velos en la calle, perseguidas, arrestadas o asesinadas por las fuerzas de seguridad. Nika Shahkarami, de 16 años, fue una de las primeras. Su imagen sobre un contenedor de basura mientras hacía arder su hiyab recorrió el mundo. Horas después desapareció.

Hadis Najafi tenía 20 años cuando le dispararon el 21 de septiembre en Karadje, cerca de Teherán. A Mohsen Shekari lo ahorcaron, acusado de ser “enemigo de Dios” (moharebeh). Yalda Agha Fazli tenía 19 años y, después de ser torturada por las fuerzas represivas del régimen, supuestamente se suicidó. A Yasaman Aryani y a su madre las detuvieron en 2019 por difundir “propaganda contra el Estado e incitar la corrupción y la prostitución”. Durante su encarcelamiento en varias prisiones (incluidas Evin y Qarchak) soportaron condiciones inhumanas. Las liberaron en 2023.

Podríamos seguir. La lista es interminable.

2026, no queremos seguir viviendo así

Las mujeres que hoy queman sus velos no solo están destruyendo una prenda; están desmantelando el mito revolucionario que, en 1979, prometió liberación y entregó, a cambio, un invierno de opresión y silencio. La defensa ciega del hiyab en Occidente valida indirectamente a un régimen que reprime con violencia extrema las protestas legítimas.

Incluso la Premio Nobel de la Paz 2003, Shirin Ebadi, lamenta profundamente haber participado de forma activa en la Revolución de 1979. Exiliada en Londres desde 2009 y conmocionada por el reciente baño de sangre perpetrado por los guardianes de la República Islámica, la abogada iraní declara a Le Figaro: «En Irán, no existe otra solución que la eliminación selectiva del líder supremo, Alí Jamenei».

Las detenciones masivas (incluidas redadas y envenenamientos de niñas en centros escolares), el control de las comunicaciones e Internet, las torturas y amenazas no han doblegado a la población. Al contrario. Al lema Mujer, Vida, Libertad se han sumado el cansancio, el desgaste de una vida cotidiana atravesada por restricciones políticas, económicas y culturales que ya no se aceptan como inevitables. Las revueltas actuales —multitudinarias, persistentes, difíciles de encapsular en un solo lema— reflejan también la realidad de los iraníes: “No queremos seguir viviendo así”. Se han rebelado en masa y no se arredran.

El pueblo de Irán ya no suplica, exige un nuevo futuro y cambios fundamentales. La respuesta del Estado ha sido una represión severa, que incluye el uso de munición real, detenciones masivas y restricciones al flujo de información. Aunque las cifras varían según las fuentes, organizaciones de derechos humanos y reportes periodísticos coinciden en que el saldo de víctimas es elevado y sigue en aumento.

Sin embargo, están indefensos, mientras el mundo entero calla. El cineasta iraní Jafar Panahi, una de las voces culturales más influyentes y perseguidas de Irán, así lo denunciaba en una entrevista con la emisora France Inter. “El pueblo iraní está indefenso hoy y, a pesar de todo, está en las calles”. Y advirtió que el silencio internacional frente a la violencia estatal tendrá consecuencias históricas. “Cualquier silencio hoy, en cualquier parte del mundo, algún día tendrá que responder ante la historia”.

Impunidad de un Estado que busca consolidar su poder mediante el terror

Los datos sobre la represión violenta y sistemática ejercida por el gobierno iraní contra los manifestantes son aterradores; las imágenes —asesinados, desaparecidos y detenidos— que nos llegan a través de redes sociales persas, conmueven al más inmisericorde. Las ejecuciones aleatorias, las detenciones masivas, las torturas y prácticas atroces como las confesiones forzadas o el control de centros médicos para capturar a los heridos se recrudecen. Aunque el alcance real de la respuesta estatal todavía no se conoce, los activistas describen los ataques del 8 y 9 de febrero como “el asalto más brutal hasta la fecha contra ciudadanos que habían salido a las calles de todo el país, coreando consignas a favor de un cambio de régimen”.

Hasta el lunes, más de 6.400 manifestantes han muerto y más de 51.500 han sido arrestados por cargos relacionados con las protestas, según la agencia de noticias de Activistas de Derechos Humanos (HRANA). Más de 11.000 muertes adicionales relacionadas con las protestas siguen bajo revisión. Durante el pasado fin de semana, la organización de derechos humanos Hengaw advirtió sobre una violencia sexual generalizada durante esta ola de arrestos. Según publican, “han obtenido pruebas terribles que documentan la tortura sistemática de personas detenidas, en particular de jóvenes arrestados, así como graves actos de violencia sexual, amenazas de ejecución, juicios simulados y la emisión acelerada de sentencias sin las debidas garantías procesales”.

Mientras, la cobertura de los medios internacionales se ha ido desplazando gradualmente hacia las negociaciones entre Estados Unidos y la República Islámica sobre el programa nuclear de Teherán.

La respuesta de la ONU y la Unión Europea

Aunque Europa se moja poco en general, los principales líderes de las instituciones comunitarias han condenado la violencia estatal y han exigido el respeto a los derechos fundamentales y la liberación de los detenidos. En nombre de la UE, la alta representante Kaja Kallas ha expresado total apoyo al pueblo iraní y su legítimo derecho “a una vida mejor, a la libertad y a la dignidad”. La propuesta de Roberta Metsola, presidenta del Parlamento Europeo, ha sido más contundente. Aboga por imponer nuevas sanciones a Irán y designar a la Guardia Revolucionaria como organización terrorista. Pero nada más.

Al igual que la ONU. Aparte de aprobar una resolución que extiende por dos años la labor de la misión internacional que investiga violaciones y abusos graves en Irán y requerir al ejecutivo iraní la adopción de acciones concretas para terminar y evitar ejecuciones extrajudiciales, Occidente mantiene una postura tibia, equidistante y cobarde.

Prevalece la retórica del pluralismo frente al monopolio legal y educativo diseñado para garantizar la sumisión bajo el dogma del Vilayat-i Faqih, ignorando deliberadamente que el régimen utiliza la religión como una cortina de humo para encubrir lo que hoy es, en esencia, un Estado mafia. Los intereses económicos y el papel secundario de Europa a la espera de lo que decida un Trump —que ya sabemos que sólo apuesta a caballo ganador— priman sobre la barbarie y el pisoteo de los derechos fundamentales de los iraníes.

Hipocresía global: el silencio legitima la violencia en Irán

Total, que, fuera de rasgarse las vestiduras, la comunidad internacional perpetúa su doble moral infame, su hipocresía, su cinismo y su interés político. Da igual que los acontecimientos que sacuden Irán sean intolerables, que el sufrimiento de la población nos hiele el corazón a nosotros, a los comunes. Nada de eso interesa a los gerifaltes del mundo. Son cómplices de la intolerancia, del sectarismo y de la violencia. De la erosión de los derechos de las mujeres y de la inviable integración de ciertos inmigrantes en las sociedades democráticas (e igualitarias) occidentales. Se ponen el velo e ignoran que ciertos velos no son más que una transposición táctica del fundamentalismo para ganar terreno en sociedades pluralistas.

 

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