Hay cuadros que se miran y otros que se escuchan. Los de Vilhelm Hammershøi pertenecen a la segunda categoría. Una puerta entreabierta. Una mujer de espaldas ante una pared desnuda o frente a un ventanal. Motas de polvo suspendidas en un rayo de luz. Reflejos en el suelo. Cristales que devuelven la mirada. Y el silencio. Sólo los pinceles rasgan las ráfagas de sosiego de un cuarto en penumbra. Eso es, en esencia, lo que pintó este danés durante casi toda su vida.
Contemplar su obra es como escuchar las Variaciones Goldberg en una habitación vacía. Todo parece igual y nada lo es. Por eso, salir indemne de cualquiera de sus cuadros resulta complicado.
No lo entendí de inmediato. Lo primero que me golpeó no fue el silencio, sino la incomunicación. Hay cuadros en los que aparecen varias personas. Juntas. Pero completamente solas. Sin hablarse, sin rozarse siquiera con la mirada. Cada una en su mundo, como si los demás no existieran. Sin una carcajada, sin una palabra, sin hacer del momento algo común. Es una frialdad que desconcierta y que Hammershøi pintaba como quien retrata simplemente una escena congelada en el tiempo.
Quizá esa independencia radical, esa negativa a complacer, explique por qué su obra interpela. Y también por qué perdura.
Estudió en la Real Academia Danesa de Bellas Artes y pronto chocó con ella. En 1888, una de sus obras fue rechazada en la exposición oficial de Charlottenborg. La respuesta fue fundar, junto a otros artistas disidentes, Den Frie Udstilling, un salón independiente equivalente a las secesiones que sacudían el arte europeo en aquel momento. La institución lo expulsó y él encontró, en esa fricción, su propio lenguaje. Alguien capaz de mirar así no podía llevarse bien con ninguna academia.
El silencio como leitmotiv
El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza reúne ahora casi un centenar de óleos y dibujos en la primera gran retrospectiva dedicada en España al pintor danés. Desde la década de 1980, varias exposiciones dentro y fuera de Dinamarca lo han acercado a un público que, en nuestro país, apenas había tenido ocasión de verlo.
El título de la muestra, El ojo que escucha, apunta directamente al corazón de su propuesta. Hammershøi no pintaba escenas. Pintaba atmósferas. Su paleta de grises, blancos apagados y negros no era una limitación, sino una elección casi filosófica. “Lo que me lleva a escoger un motivo —llegó a decir— son las líneas que contiene, lo que llamaría la actitud arquitectónica de la imagen”. Suena más a arquitecto que a pintor. Y que lo explica todo.
Entre 1898 y 1909 vivió en el número 30 de Strandgade, en el barrio de Christianshavn, en Copenhague. Allí pintó más de sesenta interiores. Todos ellos, versiones sobre los mismos espacios, la misma ventana, la misma puerta, el mismo suelo de madera. La misma estancia, decenas de veces, nunca exactamente igual. Apenas introduce cambios. Mueve una silla, cierra un poco más la puerta o deja entrar la luz desde otro ángulo. Sólo con esos pequeños detalles logra transformar la atmósfera. Años después, el matrimonio se mudó a un piso cercano, en Strandgade 25. Aunque Vilhelm ya estaba enfermo, siguió mirando hacia el interior, pintando el rastro de la luz, los umbrales, los puntos de fuga, la música del silencio.
No eran apartamentos elegidos al azar. Los buscaba deliberadamente porque le permitían dotar a la pintura de una densidad sensorial, de ese halo místico que le hizo inconfundible. En una entrevista de 1909 confesó que le gustaban “las casas antiguas, los muebles antiguos, la atmósfera tan especial que todo eso genera”. Entre sus pertenencias se conservan fotografías de calles y patios traseros de Copenhague que funcionan como apuntes previos a sus cuadros. Hammershøi fue uno de los primeros en explorar la fotografía como antesala del lienzo. Una obsesión que remite más a la música —a las variaciones sobre un tema— que a la pintura narrativa.
El Vermeer danés, y algo más
Lo llaman el Vermeer danés. Y no es extraño. En 1887, durante su viaje a Bélgica y los Países Bajos, la intimidad y la estética recogida de Johannes Vermeer, los claroscuros de Rembrandt y los paisajes de Jacob van Ruisdael le impactaron de por vida. Pero no imitó a ninguno de ellos. Los interiorizó y los llevó hacia un territorio más cercano a la abstracción. Sus habitaciones no son escenas de vida cotidiana. Son meditaciones sobre el espacio.
«Lo que me hace elegir un motivo son las líneas, a las que me gusta llamar contenido arquitectónico de la imagen. Y luego está la luz, por supuesto. Obviamente, la luz también es muy importante, pero creo que son las líneas las que tienen el mayor significado para mí Naturalmente, el color no carece de importancia. No soy realmente indiferente a cómo se muestran los colores. Trabajo duro para hacerlos parecer armoniosos. Pero cuando elijo un motivo, pienso primero, y sobre todo, en las líneas».
Ida, la figura que no mira
El papel de Ida Ilsted —su esposa— es uno de los aspectos más fascinantes de su obra y uno de los ejes de la exposición.
Siempre de espaldas o absorta en algo que no comparte con el espectador. No es una musa en el sentido convencional. Su presencia organiza el espacio, pero su gesto es siempre de retirada. El espectador queda excluido y, al mismo tiempo, atrapado.
Se casaron en 1891. Ese mismo año, Hammershøi la retrató junto a su madre en Tarde en la sala de estar, uno de los cuadros que abre la muestra del Thyssen. Dos figuras ensimismadas en un entorno austero. El cuadro podría datar de 1650 o de 1950. Esa intemporalidad es su fuerza.
El olvido y el rescate
Aunque en vida gozó de reconocimiento internacional —el crítico Théodore Duret lo visitó en 1890 y lo consideró un artista de primer nivel—, tras su muerte en 1916 su obra cayó en el olvido durante décadas. Las vanguardias no tenían espacio para alguien tan ajeno a los manifiestos del nuevo siglo.
Fue a partir de los años ochenta cuando las retrospectivas internacionales lo devolvieron al centro. Museos como el Musée d’Orsay o el Guggenheim de Nueva York incorporaron su obra a sus colecciones. En 2005, Michael Palin —sí, el de Monty Python’s Flying Circus— le dedicó un documental para la BBC.
La retrospectiva del Thyssen, comisariada por Clara Marcellán, organiza el recorrido en seis secciones y sitúa sus obras en diálogo con artistas como Whistler o Khnopff, además de la colección permanente del museo. Después de Madrid, viajará a la Kunsthaus de Zúrich.
Hay tiempo hasta el 31 de mayo. Pero conviene ir sin prisa. Estos cuadros no se entregan a la primera mirada.
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Imagen: Vilhelm Hammershøi. Rayos de sol o sol. Motas de polvo bailando en los rayos de sol. Strandgade 30, 1900. Óleo sobre lienzo. 70 x 59 cm. Ordrupgaard, Copenhague.
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Hammershøi. El ojo que escucha. Museo Nacional Thyssen-Bornemisza en cooperación con la Kunsthaus Zürich.
Sedes y fechas: Madrid, Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, del 17 de febrero al 31 de mayo de 2026.
Zúrich, Kunsthaus Zürich, del 3 de julio al 25 de octubre de 2026.
Comisaria en Madrid: Clara Marcellán, conservadora de Pintura Moderna del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza.
Comisarios en Zúrich: Jonas Beyer y Sandra Gianfreda, conservadores de la Kunsthaus Zürich.

