Lo más duro fue el silencio. Lo que siempre callaste, lo que nunca te dije, lo que nunca supimos… Fue mucho más fácil dejar de pensarte.
Promesas muertas antes de nacer, frases sepultadas en el mausoleo del mutismo. Lo que nunca dijimos…
Lo fácil fue no recordarte, lo difícil el mordisco frío de tu silencio. Lo que siempre callaste…
Palabras derramadas en mi boca, palabras ahogadas, engullidas por tus labios hambrientos, las que tragabas ávido, las que callabas…
El deseo de mis piernas envenenado tu cintura te encadenaba a la vida. Lo que también callaste.
Y quise beberme las letras que dibujaste en mi piel. No te lo dije.
Como tampoco te dije que enfrentados, despojabas mi cuerpo mientras desnudaba tu alma… Porque yo también callaba.
Cruces de caricias, roces de miradas. Lo que el silencio bramaba…
¡¡¡Quebuenaeres!!
Me encanta empezar el día con un poema y este es un regalo, gracias preciosa!
Un beso
Reina, sin palabras: belleza de expresión!
Un abrazo.
Estupendo recuerdo el que relatas aquí, Reina. Cada vez me gusta más leerte.
«Ten miedo de la voz de alguien que haya callado mucho: Ten miedo…
Si lo ves abrir los labios, cúbrete los oídos, esconde la cabeza entre las manos y huye, huye.
Será terrible la palabra de él que nunca tuvo palabras.
Resonará, quién sabe cómo, la voz de él que era mudo.
Ay de ti, si estalla a tu oreja esa voz tanto tiempo ahogada, comprimida, alimentada por todas las protestas no dichas, por todos los gritos no escapados, por todas las injusticias y todas las miserias y todas las desesperaciones…
¡Ay de ti si un día llegas a oír desde el fondo del silencio, la palabra tremenda!»
Dulce María Loynaz.
Besos, mR.