
Cae la tarde plomiza y gris. Demoledora, la incesante lluvia impone su luz mortecina; todo cede ante su inquietante cadencia, silenciosa, implacable. El asfalto de las calles vacías se funde con un cielo tan sombrío y amenazador que nadie se atreve a perturbar.
En el interior de la silenciosa habitación el viento húmedo se cuela por la ventana entreabierta para admirar con descaro el bello cuerpo de una mujer que se estremece entre sueños ante tan inesperada intromisión. El libro abierto se debilita entre sus manos que se afanan en atrapar la manta. Mientras el tiempo languidece, todo parece detenerse para contemplar la cortina de agua que no cesa. Ella se revuelve de nuevo, se esconde entre los pliegues de la manta que consigue arrastrar sinuosamente hasta sus hombros. Se refugia en su suavidad y se queda quieta, al fin ha encontrado la postura. Suspira dulcemente, su expresión recupera el sosiego, sonríe a pesar de la descarada brisa que acaricia su rostro. O tal vez por esa caricia furtiva… ¿quién sabe? Sueña y murmura algo ininteligible, acaso un nombre masculino, y un escalofrío recorre su cuerpo, el frío recuerdo de un tórrido verano mucho más poderoso que la tarde lluviosa que trata de diluirlo. Lentamente…, todo transcurre lentamente, adormecido y cansino. Todo, menos el recuerdo.
Reina. 27 de junio de 2011
Es fascinante, Reina, cómo se pueden recuperar los recuerdos. Pero no menos fascinante es recuperar el verano en una solitaria tarde de otoño. Besos.
En el sí de ese murmullo, el hombre del nombre masculino, abriga el cuerpo semidesnudo de Ella, cubriendo la redondez de sus hombros de tul azulado, como el mar que brilla en sus ojos. La transparencia del velo, dibuja la redondez de su seno, hiriendo la punta de su pezón la gasa azulada, en la fricción, como una interminable caricia en su sueño, la comisura de su boca sonríe al navegable beso transportado por el mar de sus letras, las que ahora soñaba en recuerdo de aquel verano, adormecida.
«En la hora del sol de poniente» versus «Secretos al amanecer».
El primero, cerrado por inventario; el segundo, semi cerrado por descanso del personaje. Con todo y ello, sigo leyendo y, hasta observando la belleza pasajera en tus diálogos de libros, como esa bella estampa en cuatro (cuadro) siestas.