La narrativa de John Irving, caracterizada por su complejidad y su arraigo en la tradición literaria del siglo XIX, ofrece una mirada crítica a la sociedad contemporánea y aborda temas relevantes como la discriminación y la intolerancia.


Narrador y guionista, autor famoso en España por novelas como El mundo según Garp, El Hotel New Hampshire o Príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra —que llevó al cine Lasse Hallström como Las normas de la casa de la sidra—, John Irving (Exeter, New Hampshire, 1942) es un escritor complejo, de profundas raíces decimonónicas y defensor sin fisuras de los derechos de las mujeres y de la comunidad LGTBI.

Su experiencia vital ha condicionado ambos aspectos. Irving creció en un ambiente liberal y relajado respecto a las convenciones sociales. El hecho de que su madre trabajase como asistente en un centro de asesoramiento a jóvenes menores de edad embarazadas, y que sus dos hermanos mellizos —hombre y mujer— fueran homosexuales, le ayudó a descifrar la intolerancia desde muy niño. “He sido su aliado siempre, también en mis novelas, y no tuve que inventar nada, sólo es producto de la manera en que crecí”. Esto lo dice en relación a su gran novelón El último telesilla, recién publicado en España por Tusquets. De eso hablaré después.

Dickens, Flaubert, Melville…

“Esas grandes novelas del siglo XIX constituyen la forma novelística que más admiro”.

Sobre su vínculo indestructible con la tradición literaria del siglo XIX tiene tanta culpa Dickens como Melville. Y no sólo ellos, que marcaron su manera de leer y de escribir ya en su juventud. También las tramas complejas de Shakespeare o Ibsen han influido en su obra. Porque el teatro —otra de sus grandes aficiones— le acompañó en muchas de sus vivencias infantiles. Las tardes que pasaba entre bastidores, junto a su madre, moldearon su estilo y le hicieron admirar las representaciones dramáticas.

“Yo siempre sabía qué pasaría en la obra, quizá por ello mis novelas tienen una composición casi teatral, muy formal, como el de los clásicos que son mi modelo: el griego, con Sófocles en particular, o Shakespeare. Pero siempre están los cinco actos, el tema, la predestinación y desde el comienzo el público o el lector ya sabe qué va a ocurrir”. (EL País-2010).

Al igual que el cine. La gran pantalla siempre ronda en sus novelas: un cine, una película, una actriz, un actor… Incluso se atreve a romper el ritmo narrativo con uno o varios capítulos en forma de guion cinematográfico. Tampoco extraña tal osadía de un autor cuya primera novela (Libertad para los osos) iba a ser la película que nunca fue y en cuyo guion trabajó junto a Irvin Kershner, en Viena, durante dos años. Cuando se publicó el texto, Irving tenía 26.

Ya metidos en el siglo XX, Kurt Vonnegut y John Cheever también contribuyeron al nacimiento de la estética “irvinguiana”. Ambos fueron sus maestros de escritura creativa en Iowa, además de grandes amigos del autor. De Vonnegut (primer lector y mentor de Libertad para los osos) admiró la capacidad de conjugar sátira y comedia. De Cheever, las tramas torrenciales, las frases largas y las estructuras narrativas clásicas.

Empezar por el final

También de Vonnegut tomó al pie de la letra uno de sus consejos sobre cómo escribir: “Empieza tan cerca del final como te sea posible”. Y digo al pie de la letra porque Irving lo aplica de manera radical. Jamás comienza a escribir una novela sin conocer cómo va a acabar. “Si empiezo a escribir sabiendo cuáles son las últimas palabras, ya no estoy pendiente de la trama, sino de la escritura”, afirma. Y lo lleva a rajatabla. Sin final, no hay inicio, ni argumento, ni personajes, ni escenario. Por mucho que se repitan —que se repiten— todos esos elementos, cada novela, cada historia posee una entidad estanco.

Como buen narrador omnisciente y decimonónico, dosifica la información con tremenda maestría. No la suelta como un ciclón —si así fuera arrasaría con la intriga, con la tensión dramática—, la deja caer como esa lluvia fina que parece no mojar y al final baña los campos justo donde se precisa. “Me encanta que el lector se anticipe en un 85%, mientras le escondo el otro 15%”, dice.

¿La cosecha? Fecunda, desmedida en ocasiones. Porque, con el final en la mano y el destino marcado, ineludible, John Irving siembra su mundo de personajes complejos, a veces extravagantes, de padres ausentes y madres excesivas, y niños que crecen en familias, como poco, estrafalarias. Los escenarios, como sus obsesiones temáticas, son recurrentes. Todo pasa en las ciudades, en los lugares que el autor conoce al dedillo. Salvo en Avenida de los misterios —que sucede en México, pero también en Iowa—, los hechos transcurren en Exeter (su ciudad natal), en hoteles de montaña y estaciones de esquí, en las universidades de prestigio de New Hampshire, en Nueva York  y en Toronto (su ciudad de adopción).

Reseñar a Irving es una tarea ardua, rara vez exitosa. Así que no voy a hacerlo

Pero sí voy a hablar de El último telesilla. Si las novelas de Irving pueden rozar la desmesura, esta última la sobrepasa: en tiempo, en espacio, en extensión. También en calidad literaria, aunque debo confesar que me costó meses acabar con ella. Y meses decidir lo que iba a (no) reseñar al respecto. Y es que la obrita, aparte de larga (más de mil páginas) no siempre es fácil de leer. En ocasiones resulta incómoda (a mí me resultaron incómodas varias escenas en las que describe ciertas experiencias sexuales del protagonista) y reiterativa. Que le sobran descripciones, vaya. Y se le acumulan los pasajes similares: las montañas nevadas, el esquí, la lucha libre, las proyecciones cinematográficas… Demasiados detalles que ralentizan la acción y cansan bastante.

La historia —escrita en primera persona— se desarrolla a lo largo de varias décadas, desde los años cuarenta hasta los veinte del siglo XXI. Explora eventos históricos como la Guerra Fría, Vietnam, la era Reagan, la irrupción del sida, el Tea Party y la presidencia de Donald Trump: los 80 años que dura la vida de Adam Brewster, el protagonista. A través del hijo de Rachel Brewster (la madre excesiva), Irving reproduce una vez más todas sus fijaciones literarias y personales y disecciona la vida social y política estadounidense durante este largo lapso de tiempo.

¿La recomiendo? Pues sí, pero sólo a los incondicionales de Jonh Irving. A quienes no lo hayan leído antes o  lo hayan leído muy poco igual El último telesilla no es la mejor opción para conocer o profundizar en las inquietudes, contradicciones y vivencias de este autor tan peculiar como brillante. Demasiado farragosa, demasiado extensa y, sí, agotadora incluso para nosotros, los adictos la universo “irvinguiano”.

¿Te ha gustado? Compártelo
Plataforma de Gestión del Consentimiento de Real Cookie Banner