Alan Parks: “No era mi propósito escribir novelas negras. Yo simplemente quería escribir sobre personas y sobre la ciudad de Glasgow”. 


Alan Parks (Johnstone, 1963) fue ejecutivo musical durante los mejores tiempos de la industria. Tras estudiar filosofía moral en la universidad de Glasgow, se convirtió en director creativo de London Records, trabajando con grupos como New Order, Enya o All Saints. Se encargaba de los vídeos, la fotografía, el arte gráfico. Eso fue antes de Spotify y el streaming le dieran la vuelta a los viejos conceptos de los 80 y los 90 y el futuro escritor decidiera regresar a la ciudad donde pasó buena parte de su infancia y su etapa universitaria. Allí, se topó con sus raíces, sus recuerdos y una vida que ya no era aquélla, pero que forma parte de su historia, de sus calles, de su gente.

Quienes conocen a Parks aseguran que es un hombre simpático y afable. Su aspecto corpulento y sonriente lo corrobora. Su conversación, también. Un glaswegian de pura cepa que, a los 54 años, cambia la música por la pluma y deambula por la ciudad imaginando todas las formas posibles de asesinar a la gente.

Tres décadas después de que Glasgow se convirtiese en “Ciudad de la Cultura” (UE, 1980), conservaba (y conserva) el glamour, los cafés elegantes, los pubs acogedores, las tiendas de lujo, el arte, los museos, una bellísima arquitectura y glaswegians encantadores, divertidos y amables. Pero, en la memoria de Parks, perduraba esa otra ciudad oscura y sórdida que conoció de niño y adolescente: el Glasgow de los 70. Un nido de gánsters, narcotraficantes y bandas mafiosas. Una ciudad violenta y gris, dividida por la religión, la agitación política y los contrastes sociales. Un campo sembrado de tensión, regado con alcohol chungo y metanfetaminas sólo puede ofrecer una cosecha: tribalismo, sangre y corrupción.

Y así nació Harry McCoy

Durante los trayectos casi diarios entre Glasgow y Londres, Alan Parks concibió la idea de escribir un libro sobre aquella ciudad industrial y gris que comenzaba a desmoronarse en la década de los 70. ¿Policial? En absoluto. Los inicios del que terminó siendo Enero sangriento se ajustaban mucho más a un ensayo social que a una novela negra escocesa. “No era mi propósito escribir novelas negras. Yo simplemente quería escribir sobre personas y sobre la ciudad de Glasgow”.

A través de Harry McCoy, el escritor viaja en el tiempo para reproducir en forma de novela negra una sociedad hoy inexistente. La de la miseria, la desesperación y el miedo; la de los hombres duros y las mujeres maltratadas viviendo sobre las rejillas de ventilación de la estación de autobuses; la de las fábricas abandonadas repletas de drogadictos esparcidos por el suelo; la de la prostitución y los abusos… La del crimen. Ese con el que McCoy quiere terminar para siempre.

Claro que el detective de Parks no es precisamente un ejemplo de corrección y pulcritud. Cumple todos los requisitos de policía de dudosa conducta y nula tendencia a la disciplina. Bebe demasiado, fuma demasiado, rara vez rechaza el enésimo whisky (el que le va a hacer perder la compostura), una raya de coca o de speed o un porro de hachís. ¿Su infancia? Desdichada: padre alcohólico, madre desaparecida (vamos, que lo abandonó), él de hospicio en hospicio (todos infames), de maltrato en maltrato, de abuso en abuso. Con tales antecedentes, convertirse en policía era la única manera de ayudar a la gente que, como él, lo pasan mal. La otra opción, seguir la senda de su protector frente al abuso infantil, su amigo de orfanatos y compañero de penalidades: Stevie Cooper, un narcotraficante de bajo nivel con quien mantiene una amistad compleja.

Cinco de doce

En 2020 Parks llega a España con Enero sangriento. Se trata de la primera de novela de una serie de doce (por ahora se han publicado cinco). Todas ellas protagonizadas por Harry McCoy, transcurren en un Glasgow sombrío y sin escrúpulos que perdía su alma entre las autopistas que lo atravesaban, los garitos de mala muerte y la miseria de los barrios marginales deshumanizados. Todas ellas, publicadas por Tusquets, deben su magnífica traducción a Juan Trejo. Todas ellas incluyen en su título el nombre de un mes, excepto la tercera en la que aparece camuflado como Bobby March vivirá para siempre. Y en todas ellas, con la ciudad más personaje que escenario, suena la música: la de Bowie en primer libro; la de estrellas del rock local desahuciadas por las drogas, en el tercero. En las demás, tampoco cesa la banda sonora que marcó la década de los 70.

La cuarta, Muerte en abril (finalista del Premio McIlvanney), se estrenó en España en 2023. Dos años después que Hijos de febrero y uno antes que Un mayo funesto (mayo 2024), la más reciente y, según Publishers Weekly, “a la altura de lo mejor de Ian Rankin”.

Mi consejo, leerlas por orden de publicación.

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