Un recorrido por la obra, el pensamiento y el legado del autor que transformó la narrativa en español
El pasado 13 de abril, la literatura universal perdió a uno de sus más grandes exponentes. Mario Vargas Llosa falleció en Lima a los 89 años, dejando un legado que transformó la narrativa en español. Fue premio Nobel, Cervantes y Príncipe de Asturias. También ganó el Rómulo Gallegos (por La casa verde) y se sentó en el sillón “L” de la Real Academia Española. En la francesa, ocupó el número 18, aunque jamás escribió un libro en francés. Pero todo eso ya lo sabemos.
Como también sabemos que fue uno de los protagonistas del boom de la literatura latinoamericana desde que, en 1963, ganó el premio Biblioteca Breve Seix Barral. Y que fue el más joven entonces y el último representante de aquel fenómeno cultural que puso en la órbita literaria mundial a un grupo de escritores inmensos cuyo nexo no fue un manifiesto común, sino una nueva manera de narrar, una ambición estilística sin concesiones y un diálogo profundo con la política, la historia y el poder.
«Con mi padre descubrí el miedo”
Su infancia y adolescencia son igualmente del dominio público. Dio buena cuenta de ese periodo —tremendamente convulso desde la “resurrección” de su padre— en El pez en el agua y en la obra premonitoria de su excelencia narrativa, La ciudad y los perros, ambientada en el sórdido Colegio Militar Leoncio Prado, en el Callao. Allí lo confinó su progenitor con el fin alejarlo de la influencia de la familia materna y de actividades tan poco viriles como escribir.
El caso es que el niño Varguitas vivía divinamente con su madre Dora Llosa creyendo que don Ernesto Vargas Maldonado había muerto. Pero no. “La reaparición de mi padre fue el fin de mi infancia”, escribe en este libro donde habla de su vida familiar, de su intimidad, de su dolor. Y lo hace con crudeza. Como apunta Julio Patán en la revista Letras Libres, la obra autobiográfica desgrana “el alma misma de toda la trayectoria de Vargas Llosa”. Y no era su favorita.
Aparte del punto sin retorno que supuso la vuelta a la vida del progenitor autoritario, Vargas Llosa tuvo muchos referentes culturales y muchas oportunidades de crecer y evolucionar. Y mucha capacidad. Y mucho talento. Y mucha elegancia. Y escasas intenciones de someterse a dogmas ni exigencias de ninguna clase.
Los Miserables, Los tres mosqueteros y Madame Bovary
Su maestro literario fue Flaubert. Tenía 23 años cuando leyó por primera vez Madame Bovary y tuvo en ese momento “dos certidumbres como dos relámpagos: que ya sabía qué escritor me hubiera gustado ser y que desde entonces y hasta la muerte viviría enamorado de Emma Bovary”. Tres años después, en 1962, comienza a la leer la Correspondance del escritor francés. Todo esto cuenta Vargas Llosa en su ensayo La orgía perpetua (1974), donde analiza su bovarismo y su profunda admiración por Flaubert.
Pero antes de la revelación bovariana, Varguitas ya había devorado la obra de Víctor Hugo, de Balzac, Tolstoi o Alejandro Dumas. Fue precisamente en el Leoncio Prado donde descubrió uno los libros que más le marcó, Los miserables, y donde inició la recopilación de un puñado de personajes literarios inmarcesibles en su trayectoria vital (d’Artagnan, Jean Valjean, David Copperfield, el príncipe Pierre Bezukhov), aunque ninguno tan persistente como Emma Bovary.
De la revolución cubana al liberalismo
También escribió sobre otro francés. No un ensayo entero, sino varios artículos reveladores acerca de quien fue su primer referente ideológico, Jean Paul Sartre. Resulta paradójico —sí— que uno de los grandes adalides de la libertad individual y del pensamiento liberal se adhiriese en algún momento previo a la ideología contraria. “Sus libros y sus ideas marcaron mi adolescencia y mis años universitarios, desde que descubrí sus cuentos de El muro, en 1952, mi último año de colegio”, afirma el peruano en el mencionado texto. Sin embargo, a lo largo de Sartre y sus ex amigos (así tituló el artículo) desmonta una a una todas las razones por las que dejó de comulgar con la doctrina comunista. También el célebre caso Padilla marcó un punto de inflexión entre Vargas Llosa y la revolución cubana. Pero no fue el único intelectual que así lo manifestó. Cortázar, García Márquez, el mismísimo Sartre, Simone de Beauvoir, Carlos Fuentes o Susan Sontag expresaron su desilusión y preocupación por la supresión de la libertad intelectual en Cuba.
En el ensayo autobiográfico La llamada de la tribu, el nobel peruano describe cómo determinados pensadores y escritores influyeron en su evolución ideológica hacia el pensamiento liberal. Adam Smith, José Ortega y Gasset, Friedrich Hayek, Karl Popper, Raymond Aron, Isaiah Berlin y Jean-François Revel protagonizan una obra que es más una reivindicación del individualismo y la responsabilidad personal frente al adocenamiento (la tribu), los dogmas y los populismos, que una explicación —mucho menos una justificación— de su propio pensamiento. Y todo ello con acento Vargas Llosa, con esa cadencia tan suya, tan didáctica y, al tiempo, tan amena que nos lleva a recorrer las vidas, las contradicciones y las obras de siete intelectuales inmensos, como si fuera ficción.
La presencia constante del teatro
Cuenta Mario Vargas Llosa que cuando comenzó a escribir no existía en Lima ningún movimiento teatral significativo porque, de lo contrario, él hubiera sido dramaturgo antes que narrador. Una pasión que cultivó con ahínco desde que descubrió que la magia existía y que se había gestado en el vientre de un escenario. Los saltos en tiempo, el dinamismo de los diálogos, las rupturas espaciales… Todo ello inmerso en una realidad visual, tangible, directa, sin trampa ni cartón, sin cortes ni doblajes. Tan verídica y al tiempo tan ficticia que solo pudo rendirse ante su influjo. Para siempre, además.
Volviendo a la novela, en octubre de 2023 publicó la última, Le dedico mi silencio. Ambientada en el Perú de los años 90, Vargas Llosa regresa a sus raíces y explora una vez más la relación entre cultura, identidad y utopía. Narrada en primera persona, la novela tiene un tono melancólico y confesional, donde se percibe a un Vargas Llosa más introspectivo, consciente del paso del tiempo y del fracaso de ciertos ideales.
Durante las seis décadas que transcurrieron entre su debut y su despedida literaria, el escritor peruano tuvo tiempo de repasar la dictadura de Manuel A. Odría en su país natal —Conversación en La Catedral (1969)—, la tiranía del dominicano Rafael Leónidas Trujillo —La fiesta del Chivo (2000)— o el golpe de Estado auspiciado por la CIA, que derrocó al presidente guatemalteco Jacobo Árbenz —Tiempos recios (2019)—. Además de escribir obras memorables como La guerra del fin del mundo, El hablador, Pantaleón y las visitadoras, La tía Julia y el escribidor o Lituma en los Andes.
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Imagen: Mario Vargas Llosa. Abertura Fronteiras do Pensamento. Sao Paulo. 2016
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