En el panteón de la pintura española del XIX, Raimundo de Madrazo y Garreta (1841-1920) ha ocupado durante décadas un lugar incómodo. Ni revolucionario como Fortuny, ni eléctrico como Boldini, ni cortesano como Winterhalter. Demasiado refinado para los manuales que solo valoraban la ruptura, demasiado académico para las vanguardias. Sin embargo, fue uno de los pintores más exitosos de su tiempo, el retratista predilecto de la alta sociedad europea y americana. Su obra, considerada en su época un símbolo de elegancia, emulación del pasado y respeto por la tradición, lo situó como figura fundamental en la escena artística y en los círculos sociales más distinguidos e internacionales. Pero la estética artística posterior fue relegando su producción a un papel secundario.
La retrospectiva más completa de la obra de Raimundo de Madrazo presentada por Fundación Mapfre pretende subsanar no solo el desconocimiento de este brillante artista, sino también restituir su legado al lugar que le corresponde dentro de la historia del arte.
Contexto artístico y formación
Nieto del neoclásico José de Madrazo, e hijo de Federico de Madrazo, el más destacado retratista del Romanticismo español, Raimundo de Madrazo y Garreta nació en Roma, pero se formó en Madrid y se consagró en París. Acudió a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde fue condiscípulo de Rosales. Realizó al comienzo de su carrera algunas pinturas de composición destinadas al reconocimiento académico. En 1862 se estableció en París, donde acudió al estudio de Léon Cogniet y a la École des Beaux-Arts. En sus primeros años se dedicó a la pintura de género, escenas amables, interiores, figuras femeninas idealizadas, ambientes elegantes. Junto con Mariano Fortuny y Eduardo Zamacois, Madrazo fue uno de los pintores que se especializaron en las llamadas tableautins, pequeñas tablitas que satisfacían el deseo burgués por poseer obras que dieran testimonio de su prestigio social. Confidencias es uno de los primeros ejemplos de esta nueva orientación en la obra de Raimundo de Madrazo, que se consolidó como un pintor de éxito en el panorama cosmopolita.
A partir de la década de 1880, Raimundo de Madrazo abandona la pintura de género para dedicarse de manera casi exclusiva al retrato. Las mujeres de clase alta, liberadas de sus tareas del hogar, disfrutaron de tiempo libre, que dedicaron a aficiones cotidianas como leer, pintar, bordar, cantar y tocar el piano, recibir, pasear, asistir a bailes o a soirées de teatro. Raimundo de Madrazo fue uno de los pintores más prolíficos en la representación de la «cotidianeidad ociosa decimonónica». Durante la siguiente década, realizó algunas de las efigies más importantes de toda su producción, como las que dedicó a Rosario Falcó y Osorio, duquesa de Alba, al segundo marqués de Casa Riera o a la reina María Cristina. Pero su modelo icónico fue Aline Masson. Ella fue la protagonista de numerosos lienzos. A veces aparece leyendo la prensa mientras toma una tazade té. Otras, mira, recostada y absorta, un sobre lacrado, como en Felicitación de cumpleaños.
Tras la guerra franco prusiana, durante la cual permaneció en París, comenzó su verdadero ascenso profesional. Expuso en las galerías más importantes de París y Londres y su arte —entonces muy próximo a Fortuny— se difundió rápidamente entre los grandes coleccionistas burgueses de toda Europa y América. La influencia de Fortuny está presente también en sus vistas del interior de la iglesia de Santa Maria della Pace, elaboradas con gran detallismo y vibrante colorido.
En 1900, la participación de Raimundo de Madrazo en la Exposición Universal de París le señalaba ya como un artista fuera de su tiempo. Su lenguaje pictórico resultaba trasnochado en la Francia de comienzos de siglo frente a la modernidad de otros artistas. Entonces, viajó a Buenos Aires y a Nueva York. A su notable inserción en la vida social estadounidense contribuyó también su segundo matrimonio, con la venezolana María Hahn, hermana del famoso compositor Reynaldo Hahn.
Estética y estilo pictórico
Si Fortuny se lanzó a explorar el color y la pincelada libre con una modernidad que deslumbró a Europa, Madrazo optó por la contención: terciopelos que parecen palpables, mantillas que respiran, interiores burgueses bañados por una iluminación cálida. Su estilo se caracteriza por el refinamiento técnico, la minuciosa representación de los materiales, la textura, los detalles. También destaca su cromatismo, sobrio pero rico en matices.
Ahí, en ese juste milieu —como denominó Léon Rosenthal al estilo pictórico que no podía calificarse como académico ni como vanguardista— se situó la obra de Raimundo de Madrazo: ejecutada con grandes dosis de habilidad y perfección técnica, y en la que destaca el ingenio, pero no la desmesura. Su manejo de la luz se sitúa a medio camino entre el naturalismo heredado del realismo español y la sofisticación decorativa del academicismo francés. Madrazo rompió con la tradición de la pintura decimonónica (mitología, historia) sin llegar a dar el salto definitivo hacia las primeras vanguardias. Más bien adoptó los mecanismos del arte del momento y abrazó las preferencias de la alta burguesía y los coleccionistas. En sus últimos años, establecido en Versalles, concentró su producción en desnudos, retratos y escenas de género realizadas a partir de modelos ataviadas a la moda dieciochesca.
Madrazo fue un pintor técnicamente irreprochable y estéticamente coherente, cuya técnica buscaba la perfección, la pulcritud y la elegancia compositiva. Hoy se defiende su papel como puente entre la tradición española del retrato y el ambiente artístico cosmopolita de la Europa de fines del XIX. Un ejemplo paradigmático es Masqueraders (representación de máscaras y elegancias cortesanas). La obra muestra su capacidad para combinar colorido, detalle y gusto por la escena de sociedad. El artista no aspiró a la revolución estética, sino a la perfección formal. Su pincel, siempre contenido y seguro, construyó un lenguaje propio en el que la apariencia, el tejido y la luz se convierten en vehículos de distinción.
Rehabilitación historiográfica y nuevos enfoques críticos
En las últimas décadas, su figura se ha revalorizado de manera progresiva. No tanto como un innovador del lenguaje pictórico, sino como un intérprete excepcional de las formas y sensibilidades del mundo burgués decimonónico. La historiografía reciente reconoce el valor de su obra, durante mucho tiempo desplazada por el relato canónico de la modernidad.
La exposición de Fundación Mapfre
La muestra rescata del olvido las aportaciones y valores plásticos del pintor, considerado en su tiempo emblema de la elegancia, la emulación del pasado y el respeto a la tradición, sitúa su legado en el lugar que le corresponde dentro de la historia del arte.
La exposición se despliega a lo largo de ocho secciones que recorren de forma cronológica y temática la trayectoria artística de Raimundo de Madrazo. Con más de cien obras, presenta, además, diversas pinturas inéditas halladas en el desarrollo de la investigación para la preparación de la muestra. Asimismo, cuenta con el apoyo de casi sesenta importantes instituciones y colecciones particulares nacionales e internacionales.
Tras su paso por Madrid (del 19 de septiembre de 2025 al 18 de enero de 2026), la exposición viajará al Meadows Museum, SMU, Dallas, Texas. Podrá visitarse entre el 22 de febrero y el 21 de junio de 2026.
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Imagen: Raimundo de Madrazo y Garreta. Autorretrato, 1901. Óleo sobre lienzo, 81,6 x 62,5 cm. Meadows Museum, SMU, Dallas. Crédito fotográfico: © Michael Bodycomb
