Juan Muñoz Torregrosa — el “poeta del espacio” — nació en Madrid, en 1953. Estudió arquitectura en la Universidad Politécnica de la capital antes de trasladarse a Londres, donde completó su formación en el Central School of Art and Design y el Croydon College of Design and Technology. Un par de años después, en Nueva York, estudió escultura y grabado en el Pratt Graphic Center. En Londres conoce a la que será su esposa, la también reconocida escultora Cristina Iglesias; en Nueva York, a Richard Serra y Mario Merz.
En el 2000 recibe el Premio Nacional de Artes Plásticas y en junio del 2001 inaugura la muestra Double bind en la Tate Modern de Londres. Fue el segundo artista invitado para las Unilever Series. Antes fue Louise Bourgeois. Muere prematuramente a los 48 años, en el momento más álgido de su carrera, a punto de inaugurar una retrospectiva en el Hirshhorn Museum de Washington DC.
Formación y comienzos
Creativo y poético, fue uno de los referentes en la renovación de la escultura contemporánea y uno de los primeros artistas en reintroducir la figura humana como parte de su imaginario artístico. Lo hizo apartándola de la realidad externa, despojándola de todo enaltecimiento y grandilocuencia.
Desde el inicio, su práctica artística se centra en la representación abstracta y trascendente de la figura humana, la noción de dualidad y la relación con el espacio. A partir de estos conceptos, su obra deriva hacia una ambigüedad cada vez más inquietante que juega con lo simbólico, la manipulación espacial y la confrontación con el espectador. La relación del espectador con la escultura, distante y como esperando el permiso para aproximarse a ella, es una de las claves para comprender el desarrollo de su lenguaje. En las primeras etapas de su carrera, sitúa las figuras en estructuras cotidianas —balcones, escaleras, columnas—. Con el tiempo, las lleva a apropiarse de esos mismos entornos. El componente narrativo permanece constante, construido desde la objetividad formal, la monocromía y la ausencia de expresión.
La obra de Muñoz es una de las más innovadoras en el contexto europeo de finales del siglo XX. Un puente entre la escultura clásica y la vanguardia contemporánea que, a través de grupos de figuras interactivas, logra crear espacios psicológicos de gran impacto visual y emocional, enfrentando al espectador con su propia existencia.
“Me gustaría que el espectador pudiera entrar en la obra de arte como un actor entra
en su propia escena… Me gustaría que quien acude a una exposición, ya sea en un
museo o en una galería, se comportara como lo haría un actor, un actor inmóvil”.
El artista apela a nuevos vínculos entre imágenes y sensaciones y retoma con frecuencia recursos estéticos del Arte Barroco, como los juegos de perspectivas o la tensión escenográfica, aunque evita la expresividad tan característica deese periodo artístico.
Silencio, soledad e incomunicación
Muñoz poseía una extraordinaria habilidad para urdir narraciones en atmósferas cargadas de teatralidad. En su obra existe enorme tensión entre los ambientes irreales y los tangibles, con referencias al mundo de la magia, la ilusión y el misterio. La espera, el silencio, el vacío, la sorpresa, el trampantojo —recurso barroco por excelencia— se entremezclan para cuestionar la veracidad y convierten al espectador en cómplice la escena, como si habitase en ella.
Para la realización de sus obras, se alimentaba de fuentes literarias, arquitectónicas, mitológicas, filosóficas, musicales, cinematográficas, poéticas y teatrales.
“Utilizo la arquitectura para dar a la figura un marco de referencia”.
Su trabajo está poblado por figuras de una presencia física extraordinaria: marionetas, acróbatas, humanoides animados electrónicamente, muñecos de ventrílocuo, enanos, bailarinas. Estos personajes, junto a tipos iconográficos orientales —como Turquía o China—, remiten a la historia de la magia antigua y las artes de la ilusión. Con ellos, Muñoz cuestiona de manera deliberada la visión exótica y los prototipos sobre culturas lejanas que Occidente ha construido a lo largo de la historia.
En los noventa, Muñoz comienza a trabajar en las famosas “escenas de conversación” compuestas por varias figuras de rasgos genéricos que muestran interacción entre ellos. La parte superior es humana; sin embargo, la inferior está envuelta en una gran masa cilíndrica. Sólo se distinguen entre sí por el movimiento de los brazos y su situación en el espacio. El conjunto en bronce Figura que escucha (Listening Figure) es un claro ejemplo vínculo de los personajes: cuatro parecen mantener una relación, mientras el quinto, aislado del grupo, únicamente se asoma. Más tarde, algunas de las esculturas cobran una forma más humana, y sus piernas, aunque todavía carecen de pies, se liberan de sus pesados lastres.
“Juan Muñoz. Historias de arte”: el diálogo del maestro de la escultura contemporánea con el arte clásico que le inspiró
Desde el pasado 17 de noviembre, el Museo del Prado acoge parte de la obra del escultor madrileño, poniendo de manifiesto su extraordinario universo creativo. Instalaciones, esculturas, libros personales, gabinetes con pequeñas figuras, dibujos y grabados revelan la profunda conexión que el artista mantuvo con los grandes maestros del Prado —Velázquez y Goya— y con las tradiciones del Renacimiento, el Manierismo y el Barroco. A ese conjunto de obras se añaden las que el Prado ha permitido que salgan de esas salas de exposiciones temporales y se desarrollen más vivamente en algunas de la exposición permanente (sala 12/Velázquez y sala 28/Rubens). Y en espacios como la escalera sur próxima a la entrada de Murillo o en la explanada de la puerta de Goya.
Esta exposición revela la conexión entre un artista contemporáneo y la historia del arte, que Muñoz estudió con pasión y de manera desjerarquizada desde joven. Sus visitas al Prado lo convirtieron en admirador de los grandes maestros, cuyas lecciones mezcló con irreverencia. De los artistas del Renacimiento emuló cómo situar al espectador en relación con la totalidad de la obra. Los ecos de Velázquez y Goya resuenan en toda su producción. Desde los espejos que implican al espectador —Five Seated Figures, evocando Las meninas— hasta las escenas de absurdo silencioso que recuerdan los Caprichos o los Desastres.
- Imagen de las obras de la exposición “Juan Muñoz. Hisotorias de Arte” en la explanada del exterior del museo. Foto ©Museo Nacional del Prad0.
- Imagen de las salas de la exposición “Juan Muñoz. Historias de Arte” Foto ©Museo Nacional del Prado/Luis Asín.
- Imagen de las salas de la exposición “Juan Muñoz. Historias de Arte” Foto ©Museo Nacional del Prado/Luis Asín.
- Instalación de las obras de la exposición “Juan Muñoz. Historias de Arte” en la sala 12 del edificio Villanueva del Museo Nacional del Prado. Foto ©Museo Nacional del Prado.
- Imagen de las obras de la exposición “Juan Muñoz. Historias de Arte” en la Galería Central del edificio Villanueva del Museo Nacional del Prado. Foto ©Museo Nacional del Prado.
Hasta el 8 de marzo de 2026 en las salas C y D del edificio Jerónimos y diferentes espacios del edificio Villanueva




