Pintar lo invisible exige una dosis de irreverencia que sólo figuras como Picasso y Paul Klee supieron administrar. La obra del suizo se analiza desde la ironía, el antagonismo y su concepto del arte como fisura dentro del sistema. El malagueño, sin embargo, concebía el arte como una manera de vaciarse, de trasladar al lienzo una realidad que sólo él veía. Pese a su aparente antatogonismo, a ambos les une la inquietud por la experimentación, la inclinación por la sátira y el sarcasmo como medio de transgresión y la deformación de las figuras. El Museo Thyssen de Madrid reúne las obras de ambos artistas y explora sus afinidades creativas.
Paul Klee: la ironía como punto de partida
Escurridizo por naturaleza, contradictorio, dotado de una inteligencia compleja e irreverente, Paul Klee bebió de las fuentes de la ironía propia del primer romanticismo alemán que traslada a su obra como una especie vaivén discordante. Un (des)equilibrio que habita entre la sátira y la afirmación absoluta, lo efímero y lo infinito, la realidad y el ensueño. A partir de semejante planteamiento, el artista nacido en Suiza va consolidando a lo largo de su vida una estrategia basada en el antagonismo, integrando en su creación su propia reflexión sobre los medios y los principios del arte que, según él, deberían presentarse como “una falla en el sistema”.
El exceso picassiano
Terrenal, excesivo, meridional y sensual, Pablo Picasso concebía el arte como una manera de vaciarse, de trasladar al lienzo una realidad que sólo él veía porque su forma de mirar el mundo nada tenía que ver a la del resto de sus coetáneos. Pintaba todos los rasgos, los visibles y los invisibles. Para ello descomponía las formas, las diseccionaba para volver a construirlas, convertirlas en algo nuevo.
Él, que aprendió las primeras técnicas en su ciudad natal y que luego perfeccionó en la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado de la Academia de San Fernando, conservó en cada una de sus etapas esa obstinada pasión por el dibujo. Rozaba los 14 años cuando Pablo Ruíz Picasso pisó por primera vez Barcelona. Una ciudad donde la cultura se bebía a borbotones supuso para el artista una experiencia que decoró con avidez. Inconsciente todavía del mundo intelectual que se abría ante sus ojos y también dependiente de los avatares profesionales de su padre, no se instaló allí hasta pasados cuatro años. En 1901 se mudó a la capital francesa. En París estalló esa extraordinaria sensibilidad creativa que le llevo a experimentar con el color y las figuras, el espacio y el vacío, la expresión y la hasta crear un nuevo lenguaje pictórico que revolucionó la historia del arte.
La repercusión de la obra de Picasso no sólo se limitó a una época o movimiento cultural determinado. Su influjo se ha extendido a lo largo de más de un siglo y hasta el último rincón del mundo. Porque no hay estilo o movimiento artístico moderno que no se haya visto afectado de alguna manera por la estética picassiana.
¿Qué tienen en común Picasso y Paul Klee?
Estos dos artistas aparentemente antagónicos compartían, sin embargo, procesos creativos similares e intereses por idénticos géneros y temáticas. A ambos les une la inquietud por la experimentación, la facilidad para el dibujo, la inclinación por la sátira y el sarcasmo como medio de transgresión, la deformación de las figuras y el cuerpo humano.
Y también la pasión de Heinz Berggruen (Berlín, 1914 – París, 2007) por la obra de Picasso y Klee a quienes consideraba “los dos creadores fundamentales de la primera mitad de nuestro siglo”. Al terminar la Segunda Guerra Mundial, Berggruen abrió su primera galería en París. Desde entonces, el marchante alemán se dedicó con ahínco a atesorar las obras de los grandes maestros del siglo XX. Ahí es donde convergen En el año 2000, su extraordinario conjunto artístico fue adquirido por el gobierno alemán, dando lugar a la creación del Museum Berggruen.
Picasso y Klee en la colección de Heinz Berggruen
Con motivo de la remodelación del edificio, el Museo Berggruen organiza desde 2022 una serie de exposiciones internacionales en Japón, China, Australia y en Europa para mostrar lo más destacado de su colección. Esta vez la ciudad es Madrid y el Museo Thyssen- Bornemisza, el espacio.
Exponer la obra de Paul Klee es un reto. No solo por su insumisión a las normas preestablecidas. También por la inmensidad de su producción: prolífica, heterogénea, paradójica. Hacerlo junto a la de Pablo Picasso, igualmente prolífico —dejó más de 2000 lienzos—, transgresor y vanguardista, es una prueba de fuego para cualquier propuesta expositiva. Y es lo que hacen los comisarios de la exposición—Paloma Alarcó, jefa de Pintura Moderna del Museo Thyssen, y Gabriel Montua, director del Museo Berggruen—, cuya propuesta refleja en cuatro secciones las similitudes en la obra de ambos artistas: un lenguaje plástico cargado de radicalidad que contribuyó a transformar la manera de mirar y acercarse al mundo, dejando una profunda impronta en el desarrollo del arte contemporáneo.
+
Picasso y Klee en la colección de Heinz Berggruen. Obras del Museum Berggruen, Neue Nationalgalerie de Berlín. Hasta el 1 de febrero de 2026.
Imagen: Paul Klee. Porcelana china, 1923. (Chinese Porcelain)
Acuarela, gouache y pluma sobre yeso, 28,6 × 36,8 cm
Museum Berggruen, Neue Nationalgalerie, Stiftung Preußischer
Kulturbesitz, Berlín
