Mariya Tumanova apretó el paso. El frío atardecer se había adueñado de la calle. Los árboles desnudos, envueltos en la penumbra, proyectaban siluetas extrañas a su alrededor. La primera nevada de noviembre aún no había cuajado en San Petersburgo. Sólo quedaba sobre el empedrado un rastro blanquecino y brillante que se quebraba bajo sus botas. No era consciente de que ese crujido indiscreto alertaba a los vigilantes de la Okhrana[i], desplegados desde hacía meses en el entorno de la universidad. Siguió caminando sin volver la cabeza y apretó aún más el paquete escondido bajo su manto oscuro. Pesaba demasiado para ser un libro, pero no era su misión indagar sobre el contenido, sino entregarlo sin demora a su destinatario.
En la esquina, se detuvo un instante bajo la luz mortecina de un farol de gas. No vio a nadie tras ella. Sin embargo, sintió un enorme desasosiego, como si alguien tuviera los ojos clavados en su nuca. Alzó la vista hacia los tejados. Nadie tampoco. A pesar de la oscuridad, ni una mísera vela alumbraba las ventanas del edificio. Sólo el humo de las chimeneas y el olor a pan recién horneado delataban la vida en el interior de los hogares.
El apremio silenció su intuición. La responsabilidad, su inquietud. Ajena a la silueta oculta tras los visillos del piso más alto, Mariya reemprendió la marcha, segura de que ya no levantaba las sospechas de la policía secreta. En la buhardilla, la figura junto al cristal no apartaba los ojos de ella.
Poco antes de perder de vista a la bestuzhevka[ii], la sombra del ático se deslizó hasta el portón de entrada al edificio. Apenas hizo ruido. Conocía al dedillo el repertorio de crujidos de la escalera. Al contemplarla entre la neblina, le abrumó la nostalgia. Las mismas botas gastadas. El mismo chal oscuro pegado al cuerpo. La misma cautela. El mismo paso, demasiado acelerado para quien no quiere llamar la atención. Bajo el manto, el bulto; un libro en la cabeza y una revolución en el corazón. Vaya instante de ternura absurdo. Enterró la idea de proteger a Mariya. La vio doblar la bocacalle, la cabeza ligeramente inclinada, aferrada al abrigo como si el frío fuese su único enemigo.
Al llegar al callejón de los Herreros, un leve sonido metálico vibró bajo el brazo de Mariya; un olor dulzón, como a hospital viejo, se le pegó a la nariz. Se parecía al ambiente de las imprentas clandestinas, al aceite de las prensas. Algo mareada, la joven aminoró la marcha. Atribuyó la creciente presión en las sienes al nerviosismo, a la adrenalina y al aire denso de los callejones próximos al mercado Kuznechny. Aquel laberinto de contrastes, bullicio, gentío y desorden era el enclave perfecto para consumar la misión. Los dos hombres de negro camuflados ante el puesto de especias desde hacía media hora también pasaban desapercibidos.
A menos de tres manzanas del punto de encuentro, Mariya comenzó a sentirse segura. La oscuridad del callejón se convirtió en aliada. El silencio, en refugio. Una señal —pensó— de que la zona estaba limpia. Ya no iban a sorprenderla por detrás. Pero sí frente a frente. Lo que seguro iba a pasar —y ella seguiría sin enterarse— si la dama del ático no hubiera intervenido a tiempo para desbaratar el plan de un hombre siniestro, solapado bajo el cuello del abrigo levantado, las manos escondidas en los bolsillos y un gorro de piel calado hasta las cejas. A punto de darle el alto, la figura misteriosa se interpuso entre ambos. Las mismas botas gastadas. El mismo chal oscuro. Derribó una pila de barriles desvencijados y empujó al hombre para evitar que lo arrollasen. Mariya no llegó a detenerse. El estruendo la desconcertó. El paquete le quemaba. La mirada del tipo la congelaba. Se contuvo para no echar a correr. La ansiedad por deshacerse del fardo que le entumecía el brazo reemplazó a la zozobra y el miedo.
Por fin entraba en el mercado Kuznechny. El frío le arañaba la cara. El viento silbaba sobre los tenderetes de los mercaderes. La humedad se colaba bajo su ropa. Y ese olor aceitoso otra vez. Por Dios. Ni siquiera el tufo a pescado ahumado, a cuero curtido y a estiércol de caballo lo enmascaraban. La cabeza le latía como una herida abierta. Pero no podía desfallecer. Ahora no. ¿Lo hizo? Tal vez durante un segundo. Lo bastante para que dos hombres le cerraran el paso. Una parte de su cerebro buscaba una salida; otra contemplaba el empedrado como si fuera una ciénaga viscosa, traicionera.
Y entonces se fijó en ella. El mismo chal, las mismas botas gastadas. Una mirada que a Mariya le resultó familiar. Como si esa mujer supiera exactamente lo que era cargar con algo que pesa demasiado para ser un libro. Juraría haber visto antes esos ojos de acero. No fue necesario más que un ligero ademán para que Mariya siguiera adelante. Pese a su catadura, aquellos dos sujetos eran inofensivos.
La miró alejarse. Acababa de enviarla a un lugar sin retorno. ¿En qué momento se había fallado a sí misma? ¿Cuándo se desvió de su camino? ¿Cuál era el camino? ¿El de antes de saber cómo es el ruido de las tinieblas?
[i] Policía secreta del régimen zarista. La Okhrana se creó tras el asesinato del zar Alejandro II de Rusia en 1881.
[ii] Estudiante de los cursos Bestúzhev. Fueron los primeros estudios universitarios para mujeres en el imperio ruso.
+
Imagen: La estudiante. Nikolái Aleksándrovich Yaroshenko. Kaluga Museum of Fine Arts. Public domain.


Me ha encantado la narrativa sobre este cuadro … bien elaborada y escrita.