Queridísima Ida:

Empiezo esta carta sin saber si interrumpo algo o si llego demasiado tarde. Hace unos días creí verte en la calle. No estoy segura. Eras apenas una silueta, una forma que se deslizaba más que andar. Te seguí —o quise hacerlo—, pero no logré alcanzarte. Tal vez no eras tú. O sí. Pero ya te estabas yendo. Y no corrí.

**********

Desde muy joven aprendiste a escapar de la vida oscura de tu casa, a deshacerte de la atmósfera tensa sin salir de ella. Lo hacías mirando a tu interior, inventando otra vida aparte, asomada a una ventana o bordando un pañuelo, como si fuera un plan de fuga. Tu plan. Tu fuga. Pero no tenías plan. Ni te fugaste. Eras como el espejo femenino de Niels Lyhne. A pesar de los años, todavía te veo aferrada a ese ejemplar de la novela de Jacobsen, ajado de tan releído, que llevabas de un lado a otro igual que los niños su mantita de dormir.

Sorprenderte leyendo, impasible, a la luz taciturna de aquella lámpara de aceite con pantalla de cristal, pese al disturbio doméstico que acababa de armar tu madre, me fascinaba. Claro que, por entonces, no sabía distinguir la apariencia de la realidad; la coraza externa del sufrimiento. Tu talento para la evasión superaba mi capacidad para descifrar tu mundo interior. Sin embargo, siempre conseguía sacarte de allí. ¿Te acuerdas de los kaffebord en casa de mi abuela? Te encantaban las galletitas de vainilla, los bizcochos de arena y, sobre todo, el café negro ese que a mí me sabía a rayos. Disfrutabas de su aroma marrón antes de darle el primer sorbo mientras sostenías entre las manos una taza imposible. En una de aquellas conocimos a Theodor. Tan guapo, tan rubio y tan sinvergüenza. No salió bien.

Luego, tu hermano Peter se hizo pintor. Apareció Vilhelm. Desapareció Jacobsen. O no. Tu madre se convirtió en sombra, y tú y yo comenzamos a distanciarnos. Nunca me contaste cómo le conociste ni tampoco cuándo surgió la chispa entre vosotros. No recuerdo que me hablases de sonrojos, de emociones, ni de fuegos artificiales. Sí que te casaste, que no pude asistir a tu boda y que, al poco, empezaste a recorrer Europa junto a él. Lo sé por tu hermano. Y por Sofía. A veces coincidimos en Strøget o en el Kongens Have.

Aparte de que eres la musa silenciosa de un marido artista y vives prácticamente recluida en una casa preciosa con vistas a las oficinas de la Compañía Asiática, de tus últimos diez años sé bien poco. Cuentan en las tertulias que sois una pareja hogareña, tierna y agradable. Pero nunca te gustaron los chismes ni te importó lo que hablaran por ahí. Así que aquí me tienes, bebiendo té amargo y pensando en ti, acodada sobre un escritorio antiguo frente al ventanal del salón, mirando caer la tarde. ¡Qué graciosa eras a los 15 años con esos ricillos rebeldes escapando de la austeridad de tu sombrero! ¿Sigues sin darte cuenta de ello?

Mientras escribo, te imagino inmóvil, de pie en tu cocina, los ojos clavados en el papel que acabas de recibir. Tu taza y tu platito abandonados sobre el mantel de hilo recién planchado. Como cuando éramos niñas. ¿Por qué puerta has entrado? ¿Por cuál vas a salir? Igual te espera Vilhelm para retratar tu nuca mientras tocas el piano. O igual ya se ha colado en tu espacio y pinta en silencio una escena imprevista. Las buenas noticias no llegan a menudo al 30 de Strandgade. Ni las malas.

**********

Yo también me casé. No con Theodor. Menudo elemento. La ruptura fue mucho más amarga que mi té y tu café negro. Aunque nunca me gustó el azúcar, no hubiera habido bastante en el mundo para endulzar aquel momento. Quizá fue entonces cuando empecé a distinguir la apariencia de la realidad, la coraza externa del sufrimiento. Cuando empecé a perfeccionar la técnica de la evasión y a sostener entre mis manos tazas imposibles de té sin azúcar. Y tragármelo sin que me ardiera la garganta. Tú estabas en París.

**********

¿Qué griterío es ese? ¿Estos niños no deberían estar ya en la cama?

Disculpa, Ida. Estos hijos míos son cada día más díscolos. Y luego, el padre, que según entra por la puerta se pone a jugar con ellos y los alborota más. ¿Dónde se ha visto semejante comportamiento? ¿Sabes? Estoy sonriendo.

A Axel también lo conoces. Aunque se dedica a los negocios y las finanzas, formaba parte del círculo de tu hermano y de Vilhelm cuando tú empezabas a salir con él. Seguro que ni te acuerdas. Nosotras éramos mucho más jóvenes y eso de ir de tertulia a los cafés no estaba a nuestro alcance. Jamás nos lo hubieran permitido. Ahora, vamos juntos algunas tardes. Nos reunimos con otros matrimonios en un salón privado del Café Norden. Sí, ese al otro lado del puerto. Tan señorial y estirado que al más mínimo desliz cualquiera podría resquebrajar la compostura del lugar entero. Eso no ocurre. Las cucharillas tintinean, el café sigue oliendo a madera seca y las conversaciones se deslizan con cortesía, sin que nadie exprese lo que de verdad piensa. Las volutas de humo dibujan objetos fantásticos como los que imaginábamos en las nubes cuando teníamos 10 años. Yo veía trolls, duendecillos y osos blancos. Tú, una ventana encendida, una puerta entreabierta, un pasillo que nunca terminabas de recorrer.

**********

El otro día, cuando creí ver tu sombra en la calle, me pareció magia pura. Tal vez no eras tú. O sí. Quizá fueras la Ida de los ricillos al viento, o la Ida ventanera; la Ida a la fuga, o la Ida herida; la que se coló por una puerta entreabierta y la cerró para siempre. Quizá no quise comprobarlo y no corrí tras de ti. Tal vez intuí algo que hubiera preferido no saber y alcanzarte no habría cambiado nada.

Ahora, mientras escribo y te imagino en tu casa de espaldas al mundo, me pregunto si ya no eres ninguna de esas Idas o eres todas ellas. Y por qué no corrí.

+

Imagen: Ida leyendo una carta. Vilhelm Hammershøi. Óleo sobre lienzo 66 x 59 cm. Colección privada.

¿Te ha gustado? Compártelo
Plataforma de Gestión del Consentimiento de Real Cookie Banner