A las ocho de la tarde, Hugo ordena las últimas botellas. Las copas relucen. La barra también. Tras repasar los cambios de los precios en la carta y organizar las banquetas en un orden geométrico, se aproxima al ventanal. Distingue a lo lejos el Tesla oscuro de los primeros clientes. El solitario llegará caminando, chorreando agua y Dry Martini a partes iguales. Quizá no. Quizá aparque su viejo Cadillac a tres manzanas del Retiro y llegue chorreando igualmente.
La “Pareja Sin Destino”
Buenas tardes. Buenas tardes, caballero. Por supuesto, señora.
La pareja se despoja de los abrigos y se sienta al final de la barra, de espaldas a la entrada y al azote del invierno. No se dirigen la palabra. Podrían rozarse las manos, pero no lo hacen. Tampoco miran carta. Él decide por los dos, un vino intenso, con “aromas a trufa y textura opulenta”. Hugo les ofrece un Vega Sicilia Valbuena 5º. ¿Eso está de moda? —pregunta, sin apartar la vista de su reloj.
Mientras les sirve, la mujer de rojo picotea con desgana unos snacks de diseño. Sostiene la copa entre sus dedos finos y pálidos. La sortija brilla con más entusiasmo del que ella pondría jamás en su matrimonio. Él estudia la suya como si supiera apreciar “la textura opulenta y las notas trufadas”. La agita, mete la nariz, la vuelve a agitar. Chaval, a este vino le falta cuerpo.
Hugo, que lleva rato esperando el comentario, se limita a pasar un paño de hilo blanco por la superficie caoba, un movimiento rítmico, casi litúrgico, que le permite ignorarlos con elegancia. No importa si la libreta que Hugo esconde bajo la barra quedó al descubierto cuando él tomó el paño. No importa si fue cuando guardó el sacacorchos. Lo que importa es que dejó de ser un secreto.
Pum. Que comience el espectáculo.
Y sube un poco la música. El piano de Freddie suena al galope. Shooting stars, tigers, Lady Godiva…
La dama de rojo sonríe, alza la copa como si retase al mundo. Hugo le devuelve un guiño. El marido, ajeno a esa complicidad repentina, agarra la botella y la agita como si hubiera ganado el Gran Premio de Monza. El espectáculo continúa, pero no en la otra punta de la barra. Allí la vibración se extingue.
El “Hombre Solitario”
Para observar la calle y a los transeúntes caminar encorvados por el frío, basta con estirar un poco el cuello. Pero el “Hombre Solitario” permanece doblado sobre la barra, con la mirada fija en el móvil. La luz azul de la pantalla confiere a su rostro un matiz aceitunado. Desliza el pulgar por el cristal con insistencia, de manera mecánica, obsesiva, como si buscara un milagro. El Dry Martini languidece.
Los tres parecen colocados ahí como por error administrativo.
Ella ignora al marido, que ahora discute por teléfono sobre unos fondos en Singapur, y roza el borde de su copa vacía con la sortija. Hugo la retira y le sirve otro Valbuena, reluciente, sin agitar. Sin decir nada.
— En tus apuntes, ¿soy la que se queda o la que se marcha?
Lady Godiva vestida de rojo ha desordenado la libreta negra oculta bajo la barra. Entre el paño de hilo y el sacacorchos se ha desatado el huracán. Como si ella le dictara el siguiente capítulo. El pulso se le acelera. Por primera vez en doce años algo está fuera de sitio. Hugo toma el paño. Lo pasa una vez más sobre la superficie caoba, lento, preciso. Retira la botella y su rastro oscuro. El marido, al teléfono todavía, chasquea los dedos. La cuenta. Sólo le falta silbar.
Aunque ya no llueve, el viento gélido de diciembre desbarata del todo las páginas que Hugo intenta recolocar. Ella brilla. Se pone el abrigo y sale.
Al fondo, la Puerta de Alcalá la engulle.
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Imagen: Nighthawks by Edward Hopper – http://www.artic.edu/aic/collections/artwork/111628, Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=25899486
