En 1848, un grupo de jóvenes artistas británicos decidió que ya había tenido suficiente. Hartos de fórmulas idealizadas, de composiciones heredadas, de una Royal Academy que dictaba qué era bello y cómo había que pintarlo. Así nació en Londres la Hermandad Prerrafaelita, fundada por William Holman Hunt, John Everett Millais y Dante Gabriel Rossetti. Su nombre era toda una declaración de intenciones: volver al arte anterior a Rafael, a su pureza formal y espiritual.
Los prerrafaelitas apostaron por la observación minuciosa de la naturaleza, los colores intensos y luminosos, el detalle obsesivo y los temas extraídos de la literatura, la mitología y la poesía medieval. Su gran valedor fue el crítico John Ruskin, que defendió la sinceridad con que aquellos pintores se enfrentaban a la realidad visible. Aunque la Hermandad se disolvió en 1853, apenas cuatro años después de su primera presentación pública, sus ideas perduraron durante décadas. Derivaron hacia un imaginario más simbolista con Edward Burne-Jones y William Morris. Terminaron por impregnar las artes decorativas y el diseño textil.
Pero la historia tradicional del movimiento tiene un punto ciego. Como suele suceder, se ha escrito en masculino. Las mujeres que participaron en su desarrollo —pintoras, fotógrafas, bordadoras o diseñadoras— quedaron relegadas a una nota al pie. Esa es la ausencia que revisa la exposición Prerrafaelismo. Itinerarios femeninos (1850-1914), que presenta Fundación Mapfre en Madrid hasta el 10 de enero de 2027.
Ser mujer artista en la Inglaterra victoriana
Una mujer de clase media o alta podía recibir formación artística, pero no la misma que un hombre. Los prejuicios sociales, las expectativas familiares y las dificultades para vivir de su vocación marcaban el camino. El acceso vedado al estudio del desnudo natural —imprescindible para la pintura histórica— limitaba aún más su reconocimiento […]
Ellas buscaron otras vías. El retrato, la ilustración, la acuarela, la fotografía, el bordado, el diseño textil o las vidrieras. Disciplinas que la jerarquía académica despachaba como menores y que esta exposición reivindica como lo que fueron: arte con mayúsculas.
La mirada como puerta de entrada
El prerrafaelismo les ofrecía una visión renovada y alcanzable, basada en la autenticidad y el esfuerzo individual, no en la erudición académica. Un jardín, un interior doméstico, una vista desde la ventana, los familiares como modelos. Todo era motivo suficiente. Así lo demuestra Alice Boyd, pintora del paisaje y la vida que se deslizaba a través de su ventana de Balcony House. El ideal compartido con Ruskin, quien resumió la función del artista en «ser una criatura que ve y siente».
Pero, claro, la oportunidad era un arma de doble filo. La cultura victoriana asociaba a las mujeres con la imitación, la paciencia y el trabajo minucioso. Y el énfasis prerrafaelita en reproducir fielmente lo real podía reforzar el prejuicio de que sabían observar y copiar, pero no inventar. La exposición no esconde esa ambivalencia. Muestra cómo muchas de aquellas artistas partieron precisamente de esa observación rigurosa para construir una mirada propia.
Retratos, ficciones y una cámara fotográfica
Los géneros clave para representar personajes eran el retrato y las fancy pictures, una mezcla de retrato y escena de género en imágenes idealizadas de la vida cotidiana. El retrato podía cultivarse con una formación limitada, y las fancy pictures permitían convertir un simple retrato en una obra de mayor calado. Rossetti dio cabida a ambos y, desde la década de 1870, su influencia dotó al movimiento de un componente más poético y decorativo. De ahí surgió el esteticismo, que siguieron artistas como Emma Sandys, autora de Dulces sueños, la imagen que preside la muestra.
Y luego está Julia Margaret Cameron. Su medio fue la fotografía, y con ella difuminó a propósito las fronteras entre el retrato y la ficción, entre lo real y lo imaginado. Desconcertó al público y a la crítica. En una carrera de trece años retrató personajes contemporáneos, bíblicos, literarios, mitológicos y fantásticos, y legó a la posteridad una vasta galería de rostros victorianos.
Lo útil y lo bello
«No tengáis nada en vuestras casas que no sepáis que es útil o que no consideréis bello», aconsejó William Morris en 1880. De esa idea, y de la alianza de Morris con Rossetti, Ford Madox Brown y Burne-Jones, nació el movimiento Arts and Crafts, la gran expresión del credo prerrafaelita en las artes aplicadas.
Para las mujeres supuso una oportunidad histórica. Habilidades tradicionalmente domésticas, como el bordado o la pintura sobre porcelana, se convirtieron en profesiones. Algunas entraron por su vínculo con el círculo de Morris, como su hija May Morris, que prolongó hasta bien entrado el siglo XX su legado y el de la empresa familiar. Otras se formaron en escuelas de arte afines, como la de Birmingham, donde estudiaron Fanny Bunn, May Hart, Mary Newill y Florence Camm. La exposición recoge sus colgaduras, bordados, esmaltes y vidrieras.
Esperanzas y sueños
El recorrido, que reúne cerca de 130 obras de 65 colecciones, se organiza en nueve secciones que avanzan también en el tiempo. Del paisaje a la infancia, del medievalismo a la fotografía. De unos inicios marcados por las limitaciones de acceso a la formación y a los espacios de exhibición, a una progresiva conquista de autonomía creativa.
A finales de siglo, las artistas de la llamada «tercera ola» del prerrafaelismo ya firmaban obras de gran formato y densidad intelectual, con figuras a tamaño real. Impulsadas por las exposiciones de la Grosvenor Gallery y la New Gallery, y por artistas de prestigio como George Frederick Watts, mostraron al público una visión artística propia. El tapiz Ehret die Frauen (Honrad a las mujeres), de Marianne Stokes, y las obras de Eleanor Fortescue-Brickdale, una de las «últimas prerrafaelitas», cierran el itinerario.
Comisariada por Pamela Gerrish Nunn, historiadora especializada en mujeres artistas y cultura victoriana, la muestra está organizada junto a La Piscine de Roubaix. Allí viajará del 5 de marzo al 27 de junio de 2027. El catálogo, con ensayos de la propia comisaria, Meaghan Clarke y Rowan Bain, y biografías de todas las creadoras, es un complemento imprescindible.
Más de siglo y medio después, el prerrafaelismo sigue fascinando por su lenguaje visual, cargado de simbolismo y detalle. Prerrafaelismo. Itinerarios femeninos (1850-1914) nos recuerda que la creatividad femenina no fue una nota al pie, sino parte esencial de su historia.
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Imagen: Emma Sandys. Dulces sueños, 1876. Óleo sobre lienzo 44 × 32 cm
University of Dundee Museums
DUNUC ARTS:132
