La librería de las letras olvidadas. I.

—     ¿Don Pelayo? ¡Don Pelayo, soy yo! ¡Tiene que venir, por favor! ¡Ha de darse prisa! Si el timbre del teléfono desbarató el desayuno de Pelayo, la voz ahogada de mujer al otro lado del hilo le inquietó aún más. —     Úrsula, ¿es usted? ¿Qué le ocurre? Serénese,...
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