Esas mañanas de domingo.

Esas mañanas de domingo en las que, pese al sol, tu máxima ambición es mimetizarte con el sofá y convertir tus manos en una especie de garfio enganchado a un libro. Y suena el teléfono y es tu amiga. Y cambias el libro por una cerveza y el sofá por una silla metálica....

La librería de las letras olvidadas. IV.

  … Pero ella, cuando tan alegremente había tomado el autobús casi tres horas antes, no podía prever el torbellino que estaba a punto de trastocarle la vida. No podía imaginar que su ansia por devorar a hurtadillas los poemas de ese tal Neruda —de quien...

La librería de las letras olvidadas. III.

… se repetía inútilmente mientras el bar giraba y era incapaz de seguir mirándole a los ojos. —     Pero cuando el policía ese de ahí fuera me abordó —por qué es policía, ¿no?— se me congeló el valor… —     A ver, Úrsula… Porque no me irás a decir que tampoco es...

La librería de las letras olvidadas. II.

  […] le esperaba una Úrsula mucho menos temblorosa de lo que había supuesto. —     ¿Sigue ahí? —     ¿El tipo la gabardina? —contestó mientras encendía un cigarrillo con la única esperanza de aplazar el momento de explicarle a la chica el trajín furtivo...

La librería de las letras olvidadas. I.

—     ¿Don Pelayo? ¡Don Pelayo, soy yo! ¡Tiene que venir, por favor! ¡Ha de darse prisa! Si el timbre del teléfono desbarató el desayuno de Pelayo, la voz ahogada de mujer al otro lado del hilo le inquietó aún más. —     Úrsula, ¿es usted? ¿Qué le ocurre? Serénese,...

¿Qué fue del auténtico 8 de marzo?

  Corría el año 1908 y la ciudad de Nueva York comenzaba a despojarse de ese frío manto gris que le había cubierto durante el invierno. Los primeros rascacielos orgullosos y desafiantes alzaban sus brazos al sol como reclamando su presencia; pilluelos harapientos...
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