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Letras insurrectas:
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La librería de las letras olvidadas. III.
— Pero cuando el policía ese de ahí fuera me abordó —por qué es policía, ¿no?— se me congeló el valor…
— A ver, Úrsula… Porque no me irás a decir que tampoco es tu verdadero nombre, ¿verdad? — Pelayo, abandonando por completo cualquier tratamiento formal, aprovechó su débil titubeo para recuperar un discurso coherente aunque los destellos de esos rizos castaños seguían turbándole como si fuera un chiquillo— Sí es un poli. De la Brigada Político Social. Pereira se llama, pero no te apures, él no es el problema. Lo conozco y no es de los peores.
Pues no será de los peores, pensaba Úrsula sin abrir la boca, pero fue uno de los que detuvieron a mi hermano. Lo recordaba muy bien. Claro que a Ignacio no se le ocurrió nada mejor que apoyar las huelgas de los mineros asturianos y al final pasó lo que tenía que pasar.
La librería de las letras olvidadas. II.
— ¿Sigue ahí?
— ¿El tipo la gabardina? —contestó mientras encendía un cigarrillo con la única esperanza de aplazar el momento de explicarle a la chica el trajín furtivo que se cocía en la trastienda— Imperturbable.
Como si le hubiera leído el pensamiento Úrsula se acercó a él, se quitó las gruesas gafas de pasta negra que hasta entonces había llevado como parte de su fisionomía, dejó la taza de café negro sobre la mesa y con un gesto desenvuelto impropio de ella tomó la cajetilla que Pelayo aún sostenía entre las manos.
— Puedo, ¿verdad? —su voz pausada era casi un susurro.
Desconcertado, asintió con la cabeza y sólo atinó a alcanzarle el mechero.

La librería de las letras olvidadas. I.
No corren buenos tiempos para la literatura en este país famélico, gazmoño y tan escaso de cultura —amén de necesidades mucho más apremiantes— como sobrado de prejuicios y represión, cavilaba Pelayo subiéndose el cuello de abrigo para protegerse de la fina lluvia de noviembre que empapaba de gris y melancolía el domingo madrileño. Agachó la cabeza, apretó el paso pues aquello arreciaba adornado además con la danza rojiza de la hojarasca que se arremolinaba al son del viento. Allí estaba apostado en la esquina, impasible, como si el frío y la lluvia no fueran con él. Pasó por su lado ignorando su presencia y bastante desconcertado ante la pasividad del policía que ni siquiera hizo ademán de detenerle.

¿Qué fue del auténtico 8 de marzo?
Corría el año 1908 y la ciudad de Nueva York comenzaba a despojarse de ese frío manto gris que le había cubierto durante el invierno. Los primeros rascacielos orgullosos y desafiantes alzaban sus brazos al sol como reclamando su presencia; pilluelos harapientos de todas las razas y orígenes más o menos oscuros correteaban por calles y plazas hurtando de aquí y de allá algún chusco de pan duro para desayunar; algunos incluso repartían periódicos y se enfrascaban en labores no siempre adecuadas para su corta edad mientras sus padres y madres llevaban unas cuantas horas encerrados en fábricas y talleres de diversa índole o haciendo de equilibristas circenses sobre un skyline que ya entonces se dibujaba como el símbolo de una nueva era industrial y urbana nacida para engullir sin piedad cualquier tiempo pasado.
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